domingo, 15 de agosto de 2010

Relato de un verano aburrido (13ª Entrega)

LA ERMITA

Corrieron hacia la ermita en busca de refugio. Por suerte la puerta principal estaba entreabierta y pudieron entrar. La primera impresión que tuvieron es que estaba bastante bien conservada. Dedujeron que había estado en servicio hasta no hacía mucho tiempo. Conservaba todos los bancos y reclinatorios, el mármol del altar estaba en perfecto estado y detrás una pequeña figura de un santo vestido con túnica presidía la nave. A los lados, entre las columnas, había algunas figuras bastante bien conservadas. No entendían que aún estuvieran en su sitio, parecían antiguas y seguro que tenían algún valor. La puerta estaba abierta y cualquiera podía entrar y llevárselas. De hecho, según les había dicho Morticia, hasta allí subía algunos excursionistas.

¡Cómo mola nen!, dijo maravillado Albertojendrix. De repente lo vio claro, definitivamente se quedaba con el rollo oscuro, al menos mientras estuviera allí. Aquellos santos, aquellas columnas, aquella luz que se filtraba entre las rendijas laterales, daban un juego increíble. Las mujeres fuero a lo práctico, tenemos que secarnos, no vayamos a coger una pulmonía. La distancia entre la puerta de la ermita y el borde de la montaña, no era muy grande, pero la cantidad de agua que cayó de repente fue suficiente para que se empapasen. A Reyes no le importó mucho, ya estaba acostumbrada, Al menos el chapuzón en el río le había servido de algo, pues había tenido la precaución de coger ropa de recambio por si acaso.

¿Y si miramos a ver qué hay arriba?, dijo Albert. Había visto que en la pared de la derecha, según se miraba hacia el altar, había una abertura de donde partía una escalera de piedra que construyeron aprovechando la estructura del campanario. Jan fue el primero que se lanzó hacia ella, pero su padre lo detuvo antes de que pusiera el pie en el primer escalón. Como ningún hombre se atrevía a ser el primero en subir, fueron Reyes seguida de Esther y Paca las que se adentraron en la abertura. Los demás las siguieron. Cuando llegaron al primer nivel salieron a una gran sala rectangular. Justo enfrente de la abertura por donde salieron, había una puerta. Entraron y se encontraron en una estancia con chimenea y un poyete de piedra que había justo al lado. Aquello parecía que era la antigua cocina. En la pared de la derecha había otra puerta que daba a otra estancia un poco más grande que la cocina. Por la gran mesa que había en el centro, tuvo que ser el comedor. Contra la pared del fondo de la gran sala rectangular había dos habitaciones pequeñas y alargada con una ventana cada una. Una se veía desde la gran sala, la otra estaba escondida en un pasillo que giraba a la izquierda. En esta última, en la pared de la izquierda, había dos argollas de hierro. Alguno pensó en el monje que habían encerrado para quitarle los demonios del cuerpo. A más de uno un escalofrío le recorrió el cuerpo. Durante el día, a la luz del sol y en el monte, se habían olvidado de todas las historias que habían oído, de las gemelas, de los conjuros, de cabezas cortadas, de Santas Compañas, de monjes poseídos, de campanas que tocan solas. Además, se habían acostumbrado algo a Morticia y a Mortimer. Pero ahora todo eso les vino de nuevo a la cabeza. Estaban allí, en la ermita, bajo una lluvia torrencial, el cielo se había oscurecido y no pudieron evitar sentir un estremecimiento. ¡Esto es alucinante!, Albertojendrix, en su inconsciencia, no cabía en sí de gozo. Jan no paraba de corretear de una estancia a otra. Ese niño era inagotable.

Pero a pesar de los pensamientos que les vinieron a la cabeza, todos se pusieron a fotografiar cada rincón de aquella planta. Abrieron los postigos de las ventanas para que entrara más luz. El agua seguía cayendo con más intensidad, no parecía que la cosa fuera a amainar de momento. Seguro que esto es una tormenta de verano y enseguida escampa, dijo con seguridad y algo de pedantería El Jefe. Acabó de decirlo y un rayo iluminó la estancia, segundos después un fuerte trueno retumbó entre las montañas. Chaval, cada vez que abres la boca aprieta más. El Pitufo no se podía callar. Al menos se reconfortaron al pensar que a la familia de la barbacoa se le había jodido la cosa.

En un rincón de la cocina tuvieron la suerte de encontrar un poco de leña seca. No era mucha pero la suficiente para encender un pequeño fuego que les permitiera secarse. Pero algunos no estaban para cosas prácticas, aquello superaba sus expectativas y no iban a perder el tiempo con menudencias. Yo voy al campanario nen, Albertojendrix no podía aguantarse. Jan se lanzó tras él, era el que mejor le caía, le gustaba casi las mismas cosas que a él. Su padre, que tampoco quería perderse aquello, le obligó a que le diera la mano.

A Superjulio empezaba a dolerle la cabeza y aprovechó un momento para pedirle un cigarro de los suyos a Tano. Vamos abajo a fumar, dijo éste, y bajaron a fumarse un peta. Jorge y El Jefe juntaron leña, la apilaron en la chimenea y pusieron debajo varios papeles de la basura que habían guardado cuando se comieron los bocatas. Después de varios intentos consiguieron que la lumbre prendiera. No era gran cosa, pero algo era algo. ¡Qué bien, que chulo, con chimenea y todo!, esta vez fue Pilar quién se entusiasmó. Este sitio es ideal para hacer unas invocaciones. Lo dijo de verdad, convencida, ni por asomo lo soltó en plan de broma. ¡Aquí no se invoca a nadie!, bramó El Jefe. Esta vez hasta El Pitufo le dio la razón.

Los que estaban en la cocina se agruparon alrededor del fuego tratando de secarse. Desde ahí oían a Tano y Superjulio reírse. Estaban los dos delante de la figura de un santo escuálido que se cubría solamente con un taparrabos. Los brazos los tenía delante de las piernas con las manos entrelazadas. Una pierna la tenía más atrás que la otra y la apoyaba en la punta del pie. Tano le decía a Superjulio que ese era San Sarasa.

Mientras, Albertojendrix, Jan y Albert El Artista, habían llegado a la parte superior del campanario. La vista, bueno, lo poco que dejaba ver la tormenta, era impresionante. Se divisaba parte del valle y a lo lejos podía distinguirse lo que parecía la masía. Una pequeña campana que conservaba el badajo, colgaba de una cruceta de madera. Jan quería tocarla y su padre lo aupó, apenas sonó. Con las nubes tormentosas y la lluvia cayendo con fuerza sobre el bosque, el lugar era un paraíso del rollo oscuro. Albertojendrix no paraba de hacer fotos y enseñársela a Albert El Artista. En eso que un gran rayo seguido de un estampido, cayó con fuerza cerca de allí. Asustados bajaron corriendo a la cocina no fuera que acabaran chamuscados.

La tarde avanzaba y la tormenta no cesaba, al contrario, parecía que cada vez arreciaba más. A casi nadie se le pasó por la cabeza la idea de no poder volver a la masía y tener que pasar la noche allí. La historia del monje endemoniado, la campana que se oía algunas noches, el cementerio contiguo que, por cierto, nadie había reparado en él, les ponían los pelos de punta. Así que mejor que escampara pronto para poder irse de allí. Pues esta noche hay luna llena, dijo casi sin querer Pilar. ¡Qué! Sí, que esta noche hay luna llena. ¡¡La Santa Compaña!!, pensaron. Venga va, no me digáis que vais a creer en esas gilipolleces, dijo sin mucho convencimiento El Jefe. Pero sólo acabó de decirlo y ya estaba deseando que la noche no les pillase atravesando el valle.

La tormenta no cesaba, a pesar de ser el mes de julio y las cinco de la tarde, afuera no se veía casi nada. Empezaban a preocuparse. Quedarse allí no les hacía mucha gracia, pero era imposible salir con aquella tormenta. Aparte de que se iban a poner como sopas, apenas se veía nada y podían perderse. Al venir habían visto varios caminos que se cruzaba con el que ellos habían seguido. Además, con tanta agua, seguro que era imposible vadear el río.

Aunque no a todos les afectaba igual. Superjulio se lo estaba pasando de puta madre con San Sarasa, Santo Mate, Santo Cino, Santa Padera. Otro que tampoco era muy consciente de la situación, mejor dicho, no era nada consciente pues ni se lo había planteado, era Albertojendrix, estaba encantado con el escenario y trataba de convencer a Marysun para que posase al lado de una ventana con la luz dándole en un lado para hacer un juego de luces y sombras, decía. Marysun le advirtió que no le sacase las piernas, que las tenía completamente rojas de arañazos y picotazos. No me digáis que no es chulo, todos aquí, en medio de la montaña y al fuego de una chimenea. Esther y su positivismo. Yo estoy entusiasmadísimo, dijo El Jefe.

Jorge, como el más veterano, se tomaba la cosa con calma. Se había visto metido en más de una situación comprometida. Como cuando participaba en aquellas operaciones clandestinas del PPP (Partido del Pueblo Popular) Comité Federal. Esto último no tenían ni idea de qué quería decir, pero quedaba bien. Eran cinco miembros y muy jóvenes, quizás por eso no se dieron cuenta de que Pueblo y Popular eran sinónimos. Se dedicaban a repartir octavillas en el puerto de Cádiz llamando a los estibadores a la lucha. La mala pata para ellos, es que siempre que lo hacían soplaba Levante y los papeles iban a parar al agua. Hasta que un día, la Guardia Civil portuaria, montó un dispositivo para detenerlos, más que nada porque ponían el puerto hecho un asco. Una noche se vieron acorralados y no tuvieron más remedio que esconderse en un contenedor procedente de Turquía lleno de pescado fresco. Lo malo es que ese contenedor llevaba allí tres días a pleno sol. Los perros olisquearon todos los contenedores menos aquel. Ese episodio tuvo dos consecuencias: Jorge se retiró definitivamente de la lucha clandestina y jamás volvió a probar el pescado.

El tiempo pasaba y aquello no parecía que iba a parar. Empezaron a plantearse la posibilidad de que alguien fuera a pedir ayuda, pero ninguno estaba por la labor. Ya era la siete de la tarde y seguro que cuando pudieran volver ya era de noche. Sopesaron los pros y los contras. Es decir, quedarse allí con el monje poseído, la campana que sonaba por propia iniciativa y el cementerio o enfrentarse a la lluvia, la oscuridad, el río desbordado y la Santa Compaña y decidieron por unanimidad quedarse allí. Al menos estaban bajo techo, secos, calientes y juntos.

Superjulio y Tano ya se habían reunido con el resto alrededor del fuego. Superjulio que venía eufórico y se había perdido el debate sobre la posibilidad de ir a pedir ayuda, se ofreció voluntario para bajar la montaña, cruzar como pudiera el río atravesar el bosque, salir al valle y buscar el camino del pueblo para ir a pedir ayuda a los bomberos, estaba dispuesto a sacrificarse por salvar a sus amigos y además lo haría con todo el cariño del mundo, pues los quería mucho. Otro peliculero. Anda, calla y siéntate ahí, casi le ordenó Paca. Del fuego apenas quedaban unas brasas, por lo que decidieron sacar madera de donde fuera. Abajo habían visto un par de bancos rotos. Jorge y Paca, los más decididos, bajaron y subieron con algunos trozos de madera que utilizaron para avivar la lumbre y algunos cirios que habían cogido de la pared que había detrás del altar. También encontraron un par de plásticos que no eran muy grandes pero podían servir para ponerlos en el suelo y sentarse. Les quedaban dos o tres bocadillos y alguna pieza de fruta. Resignados a pasar la noche allí, intentaron acomodarse lo mejor que pudieran. Limpiaron la zona más cercana a la chimenea y se sentaron todos alrededor de ella. Albertojendrix se había traído el reproductor de cedés y puso a Van der Graf Generator. Una música muy apropiada.

Ya había anochecido y estaban cansados, pero ninguno tenía sueño. Se contaban historias para entretenerse mientras afuera los rayos y truenos no cesaban, al contrario, cada vez estaban más cerca. Entre aquellas montañas parecía que el ruido se amplificaba y cada vez que sonaba uno se estremecían y se juntaban más unos a otros. Para saber la distancia de la tormenta hay que contar el tiempo desde que se produce el rayo hasta que suena el trueno, dijo El Pitufo que para eso era científico. Un rayo iluminó la estancia. Empezó a contar, un... ¡¡¡Catacrash!!!! El trueno sonó a la misma vez que se produjo el destello. Todo se estremeció, la campana tintineó, ellos dieron un respingo y un grito unánime retumbó en la sala. Se juntaron más, estaban realmente acojonados y un desagradable olor inundo la estancia. ¡Quién se ha tirado un cuesco!, preguntó alguien. Todos disimularon.

sábado, 14 de agosto de 2010

Relato de un verano aburrido (12ª Entrega)

EL RÍO



Una familia dominguera al completo había tomado aquel paraje como sus dominios. Estaban acampados al otro lado del río. El padre con camisa blanca de rayas desabrochada, con una barriga prominente sobresaliendo de ella, bermudas de flores, calcetines negros y sandalias. En la cabeza llevaba una gorra de Talleres de Plancha y Pintura Manolo. Intentaba encender un fuego. La madre en biquini y con pareo sacaba cosas del todoterreno que estaba aparcado casi en el agua. Las tetas le llegaban al ombligo y calzaba unas chanclas playeras con dos flores rosas. Llevaba un collar de perlas, un nomeolvides de oro, una pulsera de plata y un anillo en cada dedo de su mano izquierda. Un niño regordete con bañador por las rodillas, intentaba hinchar una colchoneta de goma, cosa que no entendieron porque en aquel río iba a servir de muy poco. Una niña, también regordeta y con vestido de tirantes, estaba comiendo un Bollycao. En una tumbona una anciana en bata y con un bastón en la mano, no hacía más que darle indicaciones al hombre de cómo tenía que encender el fuego. No paraba de decirle que era un inútil. El arsenal que llevaban era considerable: tumbonas, mesa y sillas plegables, sombrilla de Coca Cola de la terraza de un bar, una nevera de hielo llena de bebida, otra llena de carne y otra llena de fruta, pelotas, un canario en una jaula, la colchoneta, el radiocasete. Parecía un camping. Por lo visto habían desayunado allí y entre los árboles había bastante basura y por su aspecto no era sólo de aquel día, incluso vieron un viejo frigorífico. Habían llegado por un camino forestal que estaba al otro lado y que, por lo visto, era practicable para aquellos vehículos. Empezaron a hacer fotos, esto ya les motivaba más.

Poco a poco fueron llegando los demás. Albert comentó que aquella gente eran unos irresponsables por intentar encender fuego en la montaña en pleno mes de julio. Y era cierto, hasta Morticia, para hacer la queimada, encendió el fuego dentro de la casa a pesar de que el ritual era más efectivo si se hacía al aire libre. No quiso arriesgarse a que una chispa prendiese donde no debía. Como el camino que ellos seguían discurría por la orilla del río, no tenían más remedio que salir de los árboles y pasar por delante de aquella gente.

Hola, buenos días, dijo Esther. La familia miró sorprendida, no esperaban encontrarse a nadie allí, aquellos eran sus dominios y no les hacía ninguna gracia compartirlos con nadie. Hola, dijeron secamente. Todos hubieran pasado de largo sin decir ni una palabra más, pero Albert no pudo reprimirse, ¿no sabe que es muy peligroso encender fuego aquí?. Se pué saber el porqué, dijo un poco mosca el hombre de los calcetines negros y las sandalias. Hombre, porque puede saltar una chispa y prender en los árboles. Albert, como siempre, hablaba con educación, pero el otro no estaba dispuesto que un hippie melenudo le dijera lo que podía y no podía hacer en “su parcela”. Yo me sé muy bien lo que me hago, que pa eso me llevo muchos años haciendo barbacoas en el monte y naide me va a decir a mí lo que tengo ca‘cer, que pa eso este sitio me lo descubrí yo, ¿estamos? Así que me sigan pa’lante y ma’cen el favor de dejarnos en paz. Así se habla Manolo, le susurró la mujer. Por lo visto él era el dueño de los Talleres de Plancha y Pintura. Pues es usted un irresponsable y al menos espero que limpien todo eso, vamos, digo yo. Albertojendrix no era tan educado. ¡Yo limpio lo que se me tercia a mí de mis santos cohones! ¡Será gilipollas!, soltó Tano con un tono bastante explícito. Huyyy, la cosa se estaba poniendo chunga, y no pintaba bien. Aquel gilipollas se merecía dos ostias por irresponsable, por hortera, por tonto y por chulo, pero eran mayoría los que pensaban que no valía la pena liarla y, además, el tontoculo sabía contar al menos hasta diez y se había dado cuenta de que estaba en clara desventaja a pesar de que el riachuelo estaba por medio, por lo que reculó un poco. Que yo ya controlo la lumbre y aquí al lao del río no va a pasar ná, en cuanto ase las costillas de cordero y las chuletas de puerco lo apago y antes de marcharnos ya recogeremos la basura. Cagao, murmuró la vieja.

El grupo convenció a Albertojendrix y a Tano de que lo dejasen correr, que no valía la pena, y sin despedirse se fueron sabiendo que no iba a apagar el fuego ni a recoger la basura. A mí me van a venir cuatro jipis a decirme lo que puedo hacer, oyeron que decía el tontopolla cuando se dieron la vuelta.

Reemprendieron la marcha. El camino ahora discurría entre los árboles y se adentraba cada vez más en la montaña. Según la orografía del terreno, a veces se acercaba al río y otras se alejaba. Ya no era llano, la cosa se complicaba y empezaban a notar el cansancio. Algunos ya empezaron a tener hambre y propusieron descansar un poco y comer algo. Habían andado poca más de media hora.

Algunos comieron algunas piezas de frutas y otros simplemente descansaron. A Esther le estaba encantando la excursión. A Marysun no tanto, sus piernas cada vez se parecían más los faros de un coche que se había pasado toda la noche en la carretera. Aprovechó para aligerar la carga y quitarse los bichos que pudo.

No tardaron mucho en volver a caminar, según el mapa les tenía que quedar poco, pero no querían llegar muy tarde a la ermita. Algunos recordaban la historia del monje poseído y la campana que sonaba por las noches.

Llegó un momento en que el camino atravesaba el río. No parecía difícil pasar por allí, en aquel lugar el agua corría tranquila y no muy profunda, además había piedras estratégicamente colocadas para permitir pasar al otro lado. Todos fueron atravesando con más o menos pericia. Hasta que le tocó a Reyes que, como ya se ha explicado, tenía un vínculo especial con el agua. La primera piedra la pasó sin dificultad y la segunda y la tercera. Estaba cogiendo confianza. Puso el pie en la cuarta y ahí ya el vínculo la reclamó, justo cuando estaba en medio del riachuelo. La piedra se ladeó y le hizo perder el equilibrio. Empezó a mover los brazos como si fuera un molinillo, luego se ladeó hacia la izquierda, luego hacia la derecha, luego inclinó el tronco hacia adelante y seguidamente hacia atrás. Sus amigos ya estaban con las cámaras preparadas. Parecía que había recuperado el equilibro, falsa alarma. Volvió a bracear y ladearse hacia la derecha, levantó casi perpendicular al cuerpo la pierna izquierda y se mantuvo en esa posición durante un par de segundos. Jorge, que iba detrás, se abalanzó rápidamente a sujetarla y lo logró. Le dio tiempo a coger la cámara que Reyes llevaba colgada al cuello un segundo antes de que ésta se cayese al agua. La suerte fue que cayó de culo y sólo se mojó de cintura para abajo. Esther, Pilar, Marysun y Paca lanzaron al unísono un grito y pusieron cara de susto. Jorge miraba la cámara a ver si se había salpicado. El Jefe y El Pitufo, después de hacer una cuantas fotos, se descojonaban. Tano y Superjulio dudaban entre correr a ayudarla o imitar a los otros dos, ganó lo segundo. Martín ponía cara de preocupado pero no paraba de hacer fotos. Jan tratando de cazar una mariposa y su padre corriendo detrás de él. Albertojendrix preocupado porque no recordaba si había cogido una tarjeta de recambio.

Reyes salió del agua con el orgullo herido y el culo mojado. Esther se ofreció para acompañarla a la masía a cambiarse, no podía estar con la ropa mojada, podía coger algo malo. Paca, Pilar y Marysun, por aquello de la solidaridad femenina, también se ofrecieron. Los hombres ni se lo plantearon. Os esperamos aquí, es lo que dijeron.

La masía estaba relativamente cerca, pero entre ida y vuelta había un buen paseo. Ellas se pusieron en camino con Reyes totalmente compungida porque sus amigas se pegasen esa caminata por su culpa. Incluso les planteó ir ella sola y quedarse en la masía, pero no le hicieron ningún caso. Seguro que si eso le pasa a un hombre, sus compañeros le hubieran dicho, ah vale, como quieras y lo hubieran dejado solo.

En cuanto se quedaron solos empezaron a mirar alrededor a sopesar las cualidades fotográficas de aquel lugar y se olvidaron del remojón de Reyes. Martín estaba encantado de las posibilidades de aquel sitio y se ofreció a darles una clase magistral de cómo hacer una buena foto macro de plantas, porque los bichos huyeron todos en cuanto oyeron el jaleo que el grupo había armado.

Jorge, al que la hinchazón se le había bajado bastante y el Pitufo, estaban encantados con la idea de Martín. Albertojendrix y el Jefe pensaron que tenían unos amigos muy raros porque, según ellos, había que ser raro de cojones para gustarte fotografiar flores y bichos. Tano y Superjulio se pusieron a fumar. Menos mal que el primero se había traído un cartón entero de tabaco, porque el segundo no paraba desde que vio la pata de conejo colgada en la pared de su habitación. Pero es que, además, Tano se había traído unas hierbas de cosecha propia, más concretamente marihuana. No le dijo nada a nadie porque no sabía cómo se lo tomarían. Superjulio no dijo que no. Albert suficiente tenía con procurar que Jan no acabase él solito con todo el ecosistema de la zona.

Martín se dispuso a empezar la clase. Buscó una minúscula ramita de una planta que le pareció adecuada y sacó el arsenal. Como un cirujano que se prepara para una operación a vida o muerte, fue disponiendo con sumo cuidado todos los aparatos. Primero montó el trípode al que dio una forma rarísima para poder estar lo suficientemente cerca de la ramita. Sacó la cámara y le acopló el flash, buscó entre los objetivos y puso el más adecuado. Luego montó el conjunto en el trípode. El Pitufo y Jorge no se perdían detalle. Albertojendrix y El Jefe ya empezaban a impacientarse. Cinco minutos y todavía no había hecho ni una foto. Martín quitó la tapa del objetivo, miró por el visor de la cámara y buscó el encuadre más apropiado. Todo ejecutado con mucha tranquilidad. Albertojendrix ya estaba mirando el riachuelo para ver si podía hacer algo con las piedras y los reflejos del agua. Tano y Superjulio estaban un poco apartados, sentados en unas rocas y se reían.

Martín seguía con el proceso. Ahora estaba apartando algunas otras ramitas que, según él, rompían la composición. Volvió a mirar por el visor. No le convencía. Jorge y El Pitufo ni pestañeaban, admiraban la forma de trabajar de Martín. El Jefe se sentó a fumar y se entretuvo tirando piedras al agua, sabía que había para rato. Miró a Tano y Superjulio que cada vez se reían más. Pensó que estaban recordando el desmayo de El Pitufo, la picadura en la picha de Jorge o la caída al agua de Reyes, porque claro, no se podían reír de cuando él echó las papillas después de ver la cabeza cortada de la vaca o beberse la queimada o cuando se quedó sin agua caliente, porque eso no tenía ninguna gracia, lo sabría él.

Ahora el profesor estaba colocando un trapo negro detrás de la plantita, pues decía que el fondo distraía. Volvió a mirar por el visor pero no acababa de estar convencido. Era un perfeccionista, las cosas o se hacían bien o no se hacían. Ahora colocó un reflector en la parte de atrás de la plantita pata rebotar la luz del flash en él, pues la luz natural le daba por la parte de delante. Llevaba ya quince minutos y ni una sola foto. Albertojendrix ya iba por la cincuenta. Tano y Superjulio se lo estaban pasando de puta madre.

Por fin pareció que Martín tenía todo a punto y apretó el disparador. Pero el resultado no le convenció, demasiada luz. Cambió de sitio todo el montaje cinco centímetro hacia la derecha. Volvió a mirar por el visor y otro disparo. La cosa mejoró un poco pero tampoco es lo que él quería. Un poco más de diafragma y otro disparo. Un poco menos de flash de relleno, otro disparo. El Jefe decidió echarse un sueñecito.

Jan tenía todas las piernas raspadas de los arañazos de los matorrales, pero él ni se enteraba, su padre estaba agotado. Superjulio se cayó hacia atrás a causa de una risotada que le dio por algo que le contó Tano. Albertojendrix aprovechó que Albert estaba exhausto para atacar sin compasión. Le enseñó las cincuenta fotos que hizo y empezó a explicarle que se estaba planteando usar todas aquellas imágenes de reflejos del agua y piedras de río para hacerse un archivo de texturas, porque lo mismo se pasaba al rollo texturas que le molaba un montón. Que ya se estaba cansando del rollo oscuro y eso de estar en contacto con la naturaleza le había hecho ver la luz, pero no por el rollo metafísico, sino la luz de verdad, la que se colaba entre aquellos árboles, una luz limpia y pura. Pues está nublado, dijo Albert. Efectivamente, se estaba poniendo muy nublado.

Mientras, Martín se acercaba cada vez más a lo que quería. Jorge y El Pitufo ni respiraban, no querían distraer al maestro. Martín vio la última foto que había hecho y la dio por buena. ¡Por fin! Se la enseñó a los demás y era exactamente igual que las diez anteriores: una ramita verde sobre fondo negro. El Jefe, que se había acercado a mirarla, más que nada por cortesía dijo que estaba muy bien.

El tiempo pasaba y seguían esperando. Algunos fumaban, otros charlaban y otros se lo pasaban de puta madre. Tano le estaba contando a Superjulio aquella vez que él y Albertojendrix, hace la tira de años, cuando los dos tenían una melena que les llegaba por los hombros, bajaron al moro a por costo. Eran unos inconscientes, era la época de la movida, del desmadre, cuando en España se estaba empezando a descubrir y disfrutar de las libertades que durante muchos años el enano hijoputa les había escamoteado. Hacía poco que habían descubierto el hachís y se gastaban la pasta en posturas de cien duros o de un talego. No les salían a cuenta y no se les ocurrió otra cosa que abastecerse ellos mismos. ¿Dónde podemos ir? Pues a la misma fuente de producción: a Ketama. Y para allá que se fueron con mucha ilusión, poco dinero y muy poca consciencia.

El viaje hasta Algeciras lo hicieron en tren. En su mismo compartimiento viajaba un magrebí que, como era costumbre en ellos, se descalzó, tuvieron que cambiarse de vagón. Hasta la frontera no hubo problemas y para cruzarla tampoco. Los policías de aduana, en cuanto los vieron ya sabían a qué iban y más cuando les preguntaron que cual era el motivo del viaje. Estoooo… eh… hum…. pues… vamos de turismo. De turismo, ya, y ¿a dónde concretamente? El policía era curioso. ¿A dónde? La pregunta les pilló de sorpresa, ni siquiera se habían preparado un plan de viaje o una excusa para el mismo y claro, no le iban a decir que se dirigían a Ketama, porque seguro que cantaría mucho. Pues… no lo tenemos claro, iremos de un sitio a otro. El policía no podía hacer nada más que dejarlos pasar, pero no sin antes advertirles que mucho cuidado con los “souvenirs” que se traían a la vuelta.

Cogieron el ferry que les llevaba a Tetuán y una vez que hubieron desembarcado y pasado la aduana, que allí los policías no ponían ningún impedimento y no porque no supieran también a qué iban sino que les daba igual, se dirigieron, después de mucho preguntar, a la estación de ferrocarril con la esperanza de que hubiera un tren directo a Ketama. Miraron en el panel donde indicaba los destinos y sólo salía un tren diario y ya había partido. Desconcertados, sin saber qué hacer y sin entender ni papa se dirigieron a un mostrador de información para que les dijeran si había autobuses o les indicaran un sitio para pasar allí la noche. A pesar de que muchos de los turistas que pasaban por allí eran españoles, el hombre que les atendió no hablaba español, como mucho francés. Les daba mucho corte decir dónde iban, pero el hombre les entendió y empezó a parlotear de una manera incomprensible, por lo que no se enteraron de nada. Detrás de ellos había un chaval de unos doce años que no les quitaba la vista de encima desde hacía rato. Él también sabía lo que iban a buscar. Paisa, paisa, dijo mientras le estiraba a Tano de la camisa. Los dos se giraron. El chaval, que tenía cara de listo, les preguntó, ¿hachís, costo, kifi? Ellos se miraron y no supieron qué decir. Se preguntaban cómo podía saber aquel mocoso lo que querían, sin percatarse de que daban el cante de una manera bestial. ¿Hachís, costo?, volvió a decir el muchacho. Ellos tímidamente dijeron que sí, sin saber muy bien por qué lo dijeron. Yo hachís, yo saber. Como en aquella época no es que fueran muy espabilados, hablaron entre ellos. Colega, pues si lo podemos trapichear aquí lo mismo nos va de abuten, así nos ahorramos pasta y podemos comprar más. Total, también es costo marroquí y nos evitamos el viaje, que vete a saber qué nos podemos encontrar por ahí, le dijo Albertojendrix a Tano. Éste se dio cuenta de que quizás tenía razón, que no tenían ni idea de a dónde iban y que no entendían ni papa ni de marroquí ni de francés. Eso, tan elemental, lo pensaron en ese momento, antes ni se lo habían planteado. Bueno va, de acuerdo chaval. Dónde está el costo. El chico abrió los ojos de par en par y les dijo conmigo, venir conmigo, cerca. Se puso a andar y los dos amigos lo siguieron.
Salieron de la estación y se adentraron en la ciudad. Cruzaron una gran avenida y anduvieron durante bastante tiempo. Cerca, cerca, no paraba de repetir el chaval. Ellos se fiaron, no pensaban que un mocoso como aquel fuera peligroso, ellos eran dos y más grandes, por lo que ni se plantearon que quizás los estaba liando. Después de andar un buen rato por la ciudad, se metieron en un barrio de calles estrechas y empinadas. Las calles estaban sin asfaltar y un pequeño riachuelo de agua sucia corría por el medio. Los chavales los miraban y se reían. Los burros atados a las puertas de las casas ni se giraban. Ellos pensaban, mira que bien, estamos viendo el Marruecos auténtico, no ese que sale en las guías de turismo y que la mayoría de turistas se pierden.

El muchacho los adentró por una red de callejuelas estrechas. A los cinco minutos había perdido totalmente el norte, es decir, no tenían ni idea de dónde estaban. Por fin se paró y les dijo, dinero, pasta. Ellos, que llevaban cincuenta mil pesetas para pillar todo lo que pudieran, en un momento de lucidez no quisieron arriesgarse. Cómo que pasta, primero tenemos que ver el costo, le dijeron. Eso es lo que habían visto en las películas de mafiosos y si Robert de Niro lo hacía sería por algo. Tú dinero y yo traigo costo, les contestó el chaval. Ni hablar, tú traes el costo y nosotros te damos la guita. Además, primero tenemos que probarlo. El chico ya se esperaba algo así, por lo que sacó una china de su bolsillo y lió un canuto. Se lo dio a fumar a los dos. Los amigos aspiraron hondo y Tano se puso a toser y poniendo cara de enterado dijo, joder, como pega. Se fumaron el porro entero y se convencieron que el material era de primera calidad, doble cero de Ketama por lo menos. El colocón les hizo bajar la guardia y confiarse. Estaban colocadísimos y eufóricos, por lo que no se lo pensaron y le dijeron al chaval que querían medio kilo de ese costo que acababan de fumar. Ok., treinta mil dijo el niño. ¡Joder tío!, está tirado, dale la pasta, soltó Albertojendrix. Tano sacó el dinero y se lo dio al chico. Éste, con los ojos como platos, lo cogió de un manotazo y dijo, esperar, yo vuelvo con costo, cinco minutos, toma y les dio otra china para que se hicieran otro porro por gentileza de la casa.

Los dos amigos estaban contentísimos, no se esperaban que la cosa fuera tan fácil. Se liaron el canuto y se lo fumaron. Esperaron un rato. Pasaron diez minutos y el chaval no volvía. Media hora. No tardará mucho, parecía buen chaval, decían. Una hora, empezaban a impacientarse. Cuando ya llevaban dos horas y se les pasó un poco el efecto del hachís, es cuando empezaron a darse cuenta de la situación. El chaval no volvería, les había engañado como a dos panolis. Se habían quedado sin pasta y sin costo y además no tenían ni puta idea de dónde estaban. Empezaba a anochecer y aquel sitio no parecía muy recomendable para andar por allí a aquellas horas. Se acojonaron. Me cago en la puta que parió al moro de los cojones. Como lo pille lo mato, se desahogó Tano. Sí colega, pero ahora tenemos que pirarnos de aquí. Habían sido engañados y humillados por un mocoso y encima estaban perdidos. Se pusieron a andar por aquellos callejones sin rumbo fijo. Les parecía que todos con los que se cruzaban quisieran vengar a sus antepasados expulsados de la Península Ibérica por los Reyes Católicos. Cualquiera de aquellos podía tener una cimitarra escondida en la túnica y cortarles el cuello para quedarse con todo lo que tenían, pero afortunadamente no les pasó nada. Sin saber cómo, salieron a una calle ancha y alumbrada, aquello ya era otra cosa. Preguntando y haciéndose entender cómo pudieron, lograron encontrar un sitio para dormir. Era un cuchitril lleno de humedad y cucarachas. Mañana nos volvemos colega, dijo Albertojendrix. Tano no puso ninguna objeción.

Al día siguiente fueron al puerto a coger el ferry de vuelta. Antes de salir del hostal el dueño, que había estado en Murcia recogiendo tomates, en un español más o menos entendible, les dijo que si querían llevarse algo de chocolate. Ellos, que a pesar de la experiencia no escarmentaban, preguntaron que por cuánto. Cincuenta gramos tres mil pesetas. Algo era algo, pensaron. En Barcelona esa cantidad no la encontraban por menos de ocho mil. Vale, dijeron. El hombre sacó una bolsa de la que cogió una tableta de hachís y se la dio. Ellos la olieron y la dieron por buena, la pagaron y se fueron.

En el control de aduana marroquí no les pusieron ningún impedimento. La placa de hachís la habían partido en dos y cado uno se la metió en los pantalones, delante de los huevos. Se pusieron eufóricos por la facilidad que habían pasado. En el ferry, a pesar de haber perdido treinta mil pesetas, no pararon de reír, eran unos inconscientes.

Llegaron a Algeciras y ahora tocaba pasar la aduana española. Había una gran cola que apenas avanzaba. Pronto descubrieron el motivo. La policía cacheaba a todos los españoles con pintas parecidas a las suyas ayudados por perros que olisqueaban el equipaje. Se acojonaron, y más cuando un perro se puso a ladrar compulsivamente al olisquear a uno de aquellos melenudos que llevaba una chupa tejana con la lengua de los Rolling Stones cosida detrás. La policía lo cogió y lo llevaron aparte. Ellos, rápidamente, se metieron las manos en los huevos, sacaron el chocolate y lo dejaron caer disimuladamente a sus pies, después le dieron una patadita para alejarlo de ellos.
Cuando les tocó el turno, un policía los cacheó y un perro olisqueó las mochilas. Estaban limpios. El policía se extrañó y casualmente era el mismo que el día anterior les había tocado al pasar hacia el otro lado. ¡Vaya, los viajeros!, les dijo, ha sido un viaje corto, ¿habéis visto mucho? Ellos se tragaron la ironía y pasaron el control. A partir de entonces lo más lejos que fueron a comprar costo fue a las Casas Baratas.

Las mujeres regresaron. ¡Vaya, por fin, ya era hora!, dijo El Jefe con muy poco tacto, sin pensar ni un momento que acababan de darse un paseo de cerca de hora y media. Ellas ni contestaron, estaban reventadas. Reyes se había cambiado y Marysun podía haber aprovechado también para cambiarse de ropa, pero ni se le ocurrió, volvió con toda una colonia de bichos voladores adheridos a sus piernas.

En esos noventas minutos, Martín hizo una foto buena según él y Albertojendrix le contó a Albert toda la historia de la música rock, empezando por los pioneros y acabando en The Killers y de paso había puesto a Teddy Bautista y toda la SGAE de mangantes vividores para arriba.
Albertojendrix era un torrente verbal, cuando cogía carrerilla no había quien lo parase, necesitaba expulsar todo lo que tenía dentro y siempre buscaba la víctima más propicia. Cuando en sus redes caía alguien que no lo conocía muy bien, le soltaba de golpe todo lo que su mente albergaba, que era mucho. Su record era de tres horas sin parar. En las reuniones, si empezaba una frase y nadie cruzaba los ojos con él, porque ya lo conocían, echaba un vistazo alrededor a ver quién lo miraba y pobre del que no desviase la vista. Eso sí, era muy elocuente y tenía las cosas muy clara. Sabía lo que decía y no le faltaba razón cuando hablaba de política, aunque podía saltar de un tema a otro con suma facilidad. Eso era debido a que su mente era un hervidero de ideas, sobre todo en lo que a fotografía se refería. Cuando no estaba hablando, parecía despistado, ausente. Eso era debido a que siempre estaba dándole vueltas a algo. Era un “genio loco”. Quizás en otra época y en otras circunstancias, hubiera aprovechado mejor su creatividad.

Jan había logrado, por fin, capturar una mariposa. Tono y Superjulio cada vez eran más colegas y juraban que lo serían para siempre y Jorge había aprovechado para darse unas friegas de salvia. El hinchazón había remitido considerablemente, pero todavía le dolía un poco.

Bueno qué, ¿seguimos?, preguntó El Pitufo. Era casi las dos de la tarde, ellas necesitaban descansar y propusieron comer allí mismo y luego subir a la ermita. Bueno, más que proponer, decidieron, de allí no se movían hasta que no hubieran descansado y comido. Ellos ya estaban cansados de aquel sitio, pero no les quedó otra que acatar la decisión, así que todos sacaron los bocadillos y comieron. Además, Superjulio tenía un hambre atroz, el canuto le había abierto el apetito. Paca le preguntó el porqué de la sonrisa que no se borraba de su cara. Él contestó que todo molaba mucho. Después de comer subirían a la ermita, harían unas cuantas fotos y volverían mucho antes de que empezara a oscurecer, por nada del mundo querían cruzar aquellos parajes de noche. Las nubes cada vez eran más oscuras.

Al cabo de una hora ya estaban de nuevo en camino. Siguieron el sendero y al cabo de media hora más llegaron a la Font del Ofegat. ¡Qué chulo!, exclamó Esther que se dejó llevar por su entusiasmo. El sitio estaba totalmente cubierto por las ramas de los árboles, era sombrío, el agua oscura y las rocas eran negras como el carbón. El riachuelo caía en un pequeño salto y formaba una poza de una profundidad indefinida. Morticia dijo que no tenía más de un metro de hondo, pero no podían ver el fondo ni estaban dispuestos a comprobarlo. ¡Como mola nen!, esta vez Albertojendrix estaba de acuerdo con Esther, aquello era rollo oscuro total. Enseguida se puso a hacer fotos como un poseso.

Pero los demás no compartían el entusiasmo, el cielo cada vez estaba más cubierto y preferían subir a la ermita y bajar lo antes posible. El Jefe, que ya estaba un poco harto de tanto monte, incluso propuso pasar de la ermita y volver ya a la masía. Sí hombre, con el paseo que nos hemos dado para ver la ermita y ahora que estamos a dos pasos nos vamos a volver. El Pitufo y su manía de llevarle la contraria. ¡Hostias! El que lanzó la exclamación fue Tano, que había avanzado hacia un claro que había un poco más adelante y miraba hacia arriba de la montaña. Los demás se acercaron a donde estaba y vieron en lo alto de la cima, recortada contra las negras nubes, la silueta de la ermita. La imagen les sobrecogió un poco pero no dejaba de ser realmente espectacular.

Desde allí abajo parecía más grande de lo que habían imaginado. El cuerpo principal tenía dos plantas. A un lado el campanario se alzaba majestuoso. En la planta de arriba había una fila de cuatro ventanas, aquello tenía que haber sido las estancias de los monjes que estaban a su cargo. Del campanario partía lo que parecía una pequeña pared medio derruida. Ahora fueron todos los que cogieron las cámaras y empezaron a hacer fotos. Joder, acojona pero es la leche, dijo Jorge. Ahora hasta El Jefe estuvo de acuerdo, aquello era la leche. Sobrecogedor, pero la leche.
Desde aquel claro es de donde partía el camino que subía a lo alto de la montaña. Estaba medio escondido entre los matorrales pero lo vieron enseguida. Qué, ¿subimos?, dijo Martín, imaginando las posibilidades que podía ofrecer aquel edificio. La mayoría no es que fueran muy preparados para andar por el monte, se habían imaginado un fin de semana de relax rodeados de árboles y tumbados en la hierba y subir por un estrecho camino de lo que parecía una escarpada montaña no entraba en sus planes, pero todos estuvieron de acuerdo, al fin y al cabo la montaña no parecía muy alta. Claro que una cosa era ver la ermita allí cerca y otra llegar a ella.
Se adentraron en el camino y empezaron a subir. Marysun con cada roce de un matorral daba un respingo y la pamela del lazo blanco se le enganchaba continuamente en las ramas. Pilar iba con unas zapatillas negras muy apropiadas para meditar pero poco recomendables para pisar guijarros. Llevaban la cámara colgando del cuello y las mochilas a la espalda. El camino cada vez se empinaba más, había trozos que tenían que subir con las manos apoyadas en el suelo. Martín, que era el más experimentado, iba el primero. Al principio todos se lo tomaron con mucho ímpetu, a los diez minutos estaban reventados. Algunos se habían quedado atrás y Tano propuso parar a echar un cigarro. ¡Eso, un cigarro!, dijo Superjulio remarcando la palabra cigarro. Así no llegaremos nunca, dijo Reyes. El Pitufo no dijo nada porque no podía hablar. Marysun y Albertojendrix tampoco porque todavía no habían llegado. El Jefe, rojo por el esfuerzo, pensaba dónde coño se había metido, con lo bien que estaría él por el Barrio Gótico, que vale, que lo tenía muy visto, pero al menos era llano y no había árboles. ¡Venga va!, que tenemos que llegar pronto antes de que se ponga a llover, les apremió Jorge. La simple idea de mojarse actuó como un resorte. Se pusieron en camino. Poco a poco, mejor o peor, todos fueron llegando a la cumbre. ¡La cumbre!, parecía que habían escalado el Aconcagua y había sido apenas trescientos metros de desnivel. Martín fresco como una rosa. Jorge, Paca, Pilar, Esther y Reyes algo menos pero enteros. El Pitufo y El Jefe congestionados. Superjulio supercontento. Albert El Artista sin habla. Jan como si nada. Albertojendrix, Marysun y Tano lo hicieron un par de minutos después. Marysun con las piernas arañadas y comidas a picotazos y la pamela destrozada.

Creo que me ha caído una gota, dijo Pilar. ¡Qué dices!, te lo habrá parecido, le replicó El Jefe. En eso que, sin previo aviso, el cielo se desplomó sobre ellos en forma de repentina tromba de agua.

viernes, 13 de agosto de 2010

Relato de un verano aburrido (11ª Entrega)

¡AL MONTE!

Por fin estaban todos listos para partir. Habían decidido acampar al lado del río y subir a la ermita. Morticia les había dado un mapa y explicado que había un pequeño camino, que partía de la Font del Ofegat, que subía hasta ella. No sabía en qué condiciones se encontraba, pero algunos huéspedes habían subido alguna vez. No tenía muchas esperanzas en ellos, no los veía muy preparados para el monte. Pero tenían algo que le hacía tenerles algo de... no sabía bien cómo definirlo. ¿Aprecio? No, desde luego que esa no era la palabra, nunca había sentido eso por nadie, pero le parecía que actuaban con naturalidad, era evidente que lo que hacían y decían era tal como lo sentían. La mayoría de ellos tenían algo de patéticos pero no disimulaban. Además, les había pasado cosas que le hizo romper un poco la rutina de costumbre. Desde luego que el episodio del desmayo del alto con la nariz grande fue algo peculiar, pero con lo del picotazo de abeja en las partes del hombre de la barba, incluso se lo había pasado bien, que cara puso el pobre cuando vio la navaja.

Por aquella masía había pasado mucha gente y había aprendido a catalogarlos según cómo veía que se desenvolvían y hablaban. Ella se resignaba a tener que aguantar a la gente, no le quedaba otra y había conseguido tener una actitud totalmente aséptica. Ella se dedicaba exclusivamente a hacer su trabajo y su relación con la gente era de profesional-cliente, en parte porque la mayoría era una pandilla de gilipollas que no se merecían el más mínimo interés por su parte. Pero si había algo que a Morticia no le gustaba nada era las falsas apariencias y la hipocresía y no soportaba a los que iban allí dándoselas y pregonando lo que no eran.

Durante los años que llevaba recibiendo huéspedes, había visto y oído de todo y no porque fuera chafardera, que a ella las cosas de los demás le importaba muy poco, pero cuando estaba en la cocina no podía evitar oír las conversaciones de la gente, algunos incluso se lo explicaban directamente. Había algunos que se creían que por ser ella de campo y vivir en la montaña, era “uno de ellos”. Maldito sea lo que le importaba a ella lo que le contaban. La mayoría de huéspedes se declaraban amantes de la naturaleza y eran los que iban con sus todoterrenos destrozando todo y salían disparados cuando descubrían que no había cobertura ni conexión güifi, que no tenía ni idea qué coño era aquello.

Morticia daba una impresión de mujer mayor sin muchos estudios, más bien ninguno, apenas sabía leer y escribir, pero su mente era muy lúcida. Cierto que la mayor parte de su vida había vivido aislada, primero en Venezuela, luego en Galicia y ahora allí, pero eso no le impedía conocer muy bien a la gente.

Le reventaba, por ejemplo, los que decían que eran defensores de los animales mientras se comían un bistec de ternera acompañado de un plato de jamón y paté de oca y luego, cuando se iban, sacaban su cartera de piel para pagar.

Había otros que estaban por la abolición de los parques zoológicos porque los animales debían vivir en libertad, en su entorno natural y lo decían después de haber explicado que en su casa tenía un husky siberiano, dos gatos, un periquito y una tortuga porque, según ellos, les gustaban mucho los animales.

A otro tipo de amantes de la naturaleza que tampoco entendía, era aquellos que se indignaban porque no se cerraba de una vez las centrales nucleares y luego en sus casas querían tener un montón de aparatos eléctricos enchufados. Sobre el papel era muy bonito defender la energía limpia y renovable, no agresiva con el medio ambiente y las personas, oía que decían ellos. Pero una cosa era el mundo ideal y otra el mundo real. Pero, estos mismos, eran los que luego iban a luchar para evitar que se instalase esos aerogeneradores en algunos parajes porque, según ellos, estropeaban el entorno natural. Como los que fueron al pueblo cercano cuando instalaron aquellos grandes molinos allí. Cuando la verdad es que la mayoría de los habitantes del pueblo estaban entusiasmados porque aquello les suponía una inyección económica que les podía permitir vivir mejor, que el paisaje es muy bonito, pero a ellos también les gustaba vivir como esos forasteros que iban a protestar y que, además, no tenían ni idea de lo que era vivir en un sitio como aquel.

Salieron muy animados. Jorge se había puesto los pantalones más amplios que había traído y, con algo de molestias, podía caminar más o menos bien. Marysun encima de la crema hidratante y del protector solar, se roció con una loción repelente de mosquitos. Cogieron el camino que según Morticia iba a parar al río. Era llano, cruzaba el valle y se dirigía al bosque por su parte más cercana. Desde donde se encontraban ahora, a lo lejos, en lo alto de una loma, se veía lo que parecía que era la ermita. La montaña no tenía apariencia de ser muy alta y no parecía muy complicado subir hasta ella.

A los lados del camino se extendían grandes campos de pasto que se usaba como forraje para las vacas. Había algunos árboles frutales y almendros que usaban los pájaros que por allí volaban para posarse. Hacía un buen día y las nubes grandes y blancas los animó bastante. Sólo los mosquitos y demás insectos voladores rompían la armonía. Su principal víctima era Marysun, que les atraía irresistiblemente por la cantidad de crema que se había puesto encima. Algunos incluso se quedaron pegados a su piel. En cuanto llegase a casa se iba directa a reclamar que el repelente no repelía nada, al contrario.

Iban haciendo fotos y charlando animadamente, cada uno a su paso y pronto empezaron a formarse pequeños grupos. El Jefe y AlbertoJendrix iban en vanguardia, eran los que menos atraídos se sentían por el entorno, tanto monte les agobiaba. El grupo de las mujeres era el más numeroso, iban juntas y hablando de sus cosas. Albert pendiente de Jan, que como había cargado las pilas estaba en plena actividad. Detrás del todo iban Martín y Jorge El Cacharros, que a partir de ahora sería simplemente El Cacharro, uno porque se paraba cada dos por tres a hacer fotos y el otro porque no podía seguir el paso de los demás debido a su incidente con la abeja kamikaze.

Ya estaban cerca del bosque y del río. Conforme se acercaban les pareció oír un extraño ruido procedente del lugar a donde se dirigían. Albertojendrix y El Jefe fueron los primeros en reconocerlo. ¡Hostias nen, Camela!, dijo el primero con cara de susto. Efectivamente, del río venía la melodía de Vivo por vivir. Los dos se quedaron horrorizados. Se acercaron con prudencia hasta que llegaron a los primeros árboles. Detrás de éstos se encontraba el río y la estampa que vieron ante ellos les dejó estupefactos.

jueves, 12 de agosto de 2010

Relato de un verano aburrido (10ª Entrega)

KAMIKAZE

Los demás, con tantas impresiones recibidas, no cayeron en la cuenta, pero ahora empezaron a extrañarse del hecho de haberlos encontrado durmiendo en el salón. ¿Qué hacíais aquí?, preguntó Esther. El Jefe, que era el único que quedaba abajo, se extrañó de la pregunta. ¿Cómo que qué hacíamos?, ¿es que no oísteis los ruidos? ¿Qué ruidos?, le dijeron. El Jefe les explicó toda la odisea: los ruidos de la buhardilla, Morticia, la queimada. Los demás aseguraron que ellos no se habían enterado de nada. Bien porque estaban rendidos o porque con los efectos de la juerga se quedaron dormidos enseguida. Pues que suerte habéis tenido, les dijo El Jefe.

Superjulio quería darse una ducha, pero estaba Marysun dentro, se estaba duchando. Tuvo que esperar.

Mientras tanto, Morticia que venía del monte con una cesta llena de hierbas, se dirigió a la cocina para prepararles el desayuno. Esa mañana, como de costumbre, se había levantado muy temprano y al pasar por el salón vio que todavía estaban allí aquellos raros que se fueron a dormir allí cuando se acabaron la queimada. La mujer cada vez estaba más convencida de que aquella gente se llevaba de calle el premio a “Huéspedes Raros”. Y eso que había visto de todo. Como aquel grupo de jóvenes que se pasaron dos días escuchando música rara y que debían estar muy enfermos porque no paraban de tomar pastillas. Además, hablaban de una manera muy extraña. Tío, tío, que súper fuerte ¿qué no? Pues un profe de mi insti me ha cateao mates. Porfi, pásame la birra. Qué fashion, está cool ese buga. Que hijoputa, le parto el careto al cabrón ese. Y no paraban de escupir y decir tacos. O como aquella familia que fue con un perro que en su vida había visto el monte. El animal bajo ningún concepto quería salir de la casa. ¡Si hasta llevaba puesto una especie de jersey! Los dueños estaban preocupadísimos, decían algo de llevarlo a un psicólogo y le hablaban como si el perro fuera una persona. Morticia pensaba que los que tenían que ir al psicólogo eran ellos. Nunca comprendería a la gente de ciudad. Los animales son animales, con su instinto ancestral y su carácter. Había gente que encerraba a perros cazadores o pastores en un piso de setenta metros cuadrados, cuando a los animales lo que les pedía el cuerpo era cobrar presas y guardar el rebaño y como mucho salían a la calle media hora al día para cagar y hasta se había enterado por unos huéspedes que los dueños encima recogían la mierda con las manos. Lo que había que oír. Los animales de manada, como los perros, necesitan una jerarquía con un líder. A menudo la falta de capacidad de las personas la aprovechaban los animales para convertirse en ese líder y los dueños estaban a su disposición. En cambio, en el campo, los perros cazadores cazaban, los perros pastores guardaban y guiaban rebaños, los perros de guarda vigilaban las casas y masías. Eran felices haciendo aquello que les gustaba. Morticia tenía las cosas claras.

Pero aquel grupo les ganaba a todos. Se puso a preparar el café y las tostadas para que desayunasen. El día anterior le dijeron que se iban a ir todo el día al monte de excursión y que se pasarían por la ermita. Cuanto antes se fueran y la dejasen sola mejor.

Jorge quiso ir al lavabo a mear, pero estaba Marysun dentro, se estaba poniendo crema hidratante. Tuvo que esperar.

Los que ya estaban preparados y vestidos, tomaron el desayuno charlando animadamente. El principal tema de conversación aquella mañana, por supuesto, era la escena que encontraron al bajar al salón y las causas que habían motivado que estuvieran allí. Ahora, a la luz del día, la historia de las gemelas y la buhardilla la veían como algo lejano, por más que los cuatro que bajaron a dormir al salón les aseguraron a los demás que lo de los ruidos era cierto. Sería una rata o un gato, trató de razonar Jorge. Sí pero el conjuro de Morticia lo oímos y seguro que era para protegerse de los malos espíritus, les dijo Superjulio. ¿Estás seguro? No, no estaba seguro de nada.

Una vez descansados, lavados y desayunados, se sentían bien. Ya estaban más aclimatados, se habían acostumbrado al silencio que les rodeaba, al aire limpio que respiraban, al agua pura que bebían, hasta a Morticia y Mortimer. Por delante tenían un día de campo muy divertido y ameno. Además, el día parecía que iba a ser bueno, el sol empezaba a filtrase entre las nubes. Se las prometían muy felices.

El Pitufo y El Jefe también querían ir al baño a lavarse un poco, pero estaba Marysun dentro, se estaba secando el pelo. Tuvieron que esperar.

Fueron a coger las cosas para prepararse para el día de excursión. Le pidieron a Morticia que si les podía preparar bocadillos para comer. Ella ya lo había previsto y mandó temprano a Mortimer al pueblo a comprar pan. Les hizo bocadillos de embutido y además les ofreció varias piezas de fruta y botellas de agua.

Ellos cogieron las mochilas y las prepararon con todo. Algunos, como Jorge, llevaban una sólo para la cámara y accesorios, lo que en su caso eran muchos. Otros llevaban una bolsa o mochila donde metieron todo, cámaras, bocadillos, agua. Morticia les aconsejó que se llevasen alguna prenda para la lluvia porque parecía que iba a llover. Algunos la miraron con cara de pensar que les estaba tomando el pelo, nada hacía presagiar que podía llover, creían que era cosa de vieja loca.

Jorge no podía aguantar más, se estaba meando y Marysun seguía en el baño, ahora se estaba repasando el maquillaje. Alguien le dijo a Jorge, pues no será que no tienes campo. Y no se lo pensó, salió y buscó un lugar en la parte de atrás de la casa. Se sacó la picha y se puso a mear contra la pared del gallinero. Quizás tenía que haberse dado cuenta de que arriba, entre la pared de adobe y el tejado, una comunidad de abejas había decidido que aquel era un buen sitio para instalarse y consideraron aquello como una invasión de su territorio.

Jorge estaba tan a gusto meando que no se percató de que una abeja guardiana, de las encargadas de la seguridad de la colmena, se sintió responsable de alejar a aquel intruso y sacrificarse por el bien de la comunidad. Sabía que después del ataque moriría, pero no le importaba, todo fuera por defender a su reina. Jorge estaba distraído intentando acabar con un grupo de hormigas que trepaba por la pared a golpe de meada. La abeja kamikaze cogió altura sin perder de vista el objetivo, necesitaba impulso para que su ataque fuera más efectivo. Cuando creyó que la altura ya era suficiente, se lanzó en picado directa al intruso. Intentó atacar en un brazo pero falló y la misma inercia del vuelo le hizo ir directa al trozo de carne que sujetaba la víctima con la punta de dos dedos, rectificó un poco la trayectoria y… ¡¡zas!! Introdujo con toda sus fuerzas el aguijón en la picha de Jorge. ¡¡Ahhhhh, laputaqueteparió!! El alarido resonó en todo el valle.

En la casa todos oyeron el grito. Paca fue la primera en reaccionar y salió disparada. ¡Ay madre, ese es mi Jorge!, dijo. Los demás, por si acaso, cogieron las cámaras y fueron tras ella, más valía estar preparados. La única que no se enteró fue Marysun que ahora se había encerrado en la habitación y estaba eligiendo la ropa que se iba a poner. No le convencía los tres conjuntos que se había probado. Morticia sí lo oyó y dijo con un suspiro, ¿qué pasará ahora?

Cuando llegaron donde estaba Jorge, lo vieron dando saltos y gritando. Estaba de espaldas. ¿Qué pasa Jorge?, dijo Paca asustada. Jorge se volvió. ¡Jooorge!, fue lo único que dijo ella cuando le vio la picha. No se sabe si lo dijo por el aspecto que tenía o por el tamaño. Cuando llegaron los demás, no perdieron la oportunidad, clic, clic, clic, clic, clic. Lo primero era lo primero. Lo segundo que hicieron fue descojonarse. Otra vez la solidaridad de amigos. Jorge, muy dolorido y preocupado, les explicó lo que había pasado. Tano, que se había criado en el campo, le aconsejó que lo primero era sacar el aguijón y luego ponerse barro en la picadura. Aquí no hay barro quiyo, le dijo Paca. ¿Cómo que no?, ¿y ese de ahí?, le contestó Tano señalando el charco de meados. Jorge no se lo pensó, no se quitó el aguijón pero se restregó barro de su orina en la picha. Los demás no perdían detalle y estaban inmortalizando el momento. Jan no podía parar de reír al ver a un hombre hecho y derecho como Jorge restregándose barro en su cosita.

Vamos para dentro, dijo Paca. Entraron en la casa y Morticia salió de la cocina a ver qué había pasado ahora. Miró a Jorge y movió la cabeza de un lado a otro resignada. Le preguntó si había sido una abeja y al confirmárselo Jorge le dijo, venga aquí. Siéntese, le ordenó. Jorge, solícito, dolorido y humillado, se sentó aguantándose la picha como podía. La tenía hinchada y enrojecida, era tan ancha como larga. Morticia buscó en la alacena de la cocina y de un tarro sacó unas hojas. Le cogió el miembro a Jorge, que se quedó parado y sorprendido por la naturalidad de la vieja. Primero se la limpió con un trapo húmedo, luego sacó una navaja de uno de sus bolsillos. Jorge dio un gran respingo en la silla. Estese quieto, ordenó la mujer. Buscó el aguijón y se lo sacó con la punta de la navaja. Jorge lanzó un grito. Ahora hay que quitar el veneno, dijo. Jorge, que había visto muchas películas, lo primero que le vino a la mente fue a Morticia chupándole la picadura como se hacía para sacar el veneno de las serpientes. La simple imagen de ella agachándose y arrimando su boca a su picha tuvo dos consecuencias: se puso como un tomate y tuvo un conato de erección. Pero entre que el flujo sanguíneo se concentró básicamente en su rostro y que su aparato no estaba para muchas alegrías, la cosa no pasó a mayores. Morticia simplemente apretó un poco donde le había picado para sacarle el veneno y por último le frotó una de las hojas que había sacado de la alacena. Son hojas de salvia, le dijo, con esto se le pasará pronto. Jorge respiró aliviado: porque su mente se hubiera equivocado y porque el remedio le hizo efecto inmediato. No se le bajó la hinchazón, pero el dolor remitió considerablemente, tanto como el rubor de su rostro.

Los demás estaban en la puerta, no paraban de hacer fotos. Algunas chicas no hacían fotos, pero tampoco apartaban la vista de la picha. Paca, una vez pasado el susto inicial le dijo, quiyo, hace tiempo que no te la veo tan bien prepará. Jorge sonrió un poco, más porque era consciente de lo ridículo de la situación que porque le hiciera gracia la ocurrencia. Morticia le dio un puñado de hojas de salvia y le dijo que se restregase una de vez en cuando, que pronto se le pasaría definitivamente el dolor y la hinchazón. Aunque le aconsejó que durante un buen rato no la tocase y que procurase que le diera el aire.

Jorge subió a la habitación y se puso boca arriba en la cama con la picha fuera de los pantalones. A Paca le pasó por la cabeza un pensamiento un poco morboso, pero se le pasó enseguida, por suerte para Jorge. Bueno qué, ¿te ves con ganas de ir al monte?, le preguntó El Jefe. Lo mismo me va a molestar aquí que por ahí, le contestó Jorge. Pues mientras se te pasa un poco me voy a duchar. Pero Superjulio fue más rápido, ya estaba dentro del baño. El Jefe pensó que mejor se esperaba. Que las chicas se duchasen juntas, vale, pero él no estaba dispuesto a meterse en la ducha con un tío lleno de pelos por todo el cuerpo.

Marysun, por fin, se había decidido por una camiseta de tirantes verdes y un peto bermudas de color beige. Además, había cogido su pamela con un pañuelo blanco atado alrededor. Estaba muy mona. Para preservarse de los posibles efectos del sol se había puesto dos capas de crema protectora, no fuera que se le estropease la piel. Chica, que vamos de excursión a la montaña, no a dar una vuelta por el paseo marítimo. Reyes y su sinceridad.

Mientras hacían tiempo, Martín aprovechó para probar una de las cámaras que había traído. Entre otras cosas se dedicaba a hacer pruebas de nuevos equipos para webs especializadas. Su criterio era muy tenido en cuenta. Como los demás, él se consideraba un simple aficionado, pero todos sabía que era algo más que eso: lo consideraban el maestro del grupo. Les resolvía cualquier duda sobre técnica y ellos lo escuchaban casi con veneración. Le apasionaba y se le notaba, hacía fácil lo que para los demás era un misterio. Su registro fotográfico era muy amplio, dominaba todos los campos. Era de carácter tranquilo y afable, no se alteraba por nada. Era el Sr. Lobo, el que encontraba la solución para todo cuando los demás se ponían histéricos ante cualquier eventualidad.

Superjulio ya había salido de la ducha y El Jefe, que estaba haciendo guardia en la puerta para que nadie se colase, entró en el baño que estaba hecho una pena después de que hubiera pasado por él casi todos los miembros del grupo. En el suelo había un charco de agua que trató de evitar. Se desnudó y se metió en la ducha.

Estaban todos fuera esperado a que El Jefe se duchara y a Jorge se le pasara un poco la hinchazón. Por suerte el dolor se le había calmado bastante. Albertojendrix estaba explicándole a su víctima favorita, Albert, la poca vergüenza de los políticos que les había tocado sufrir, pandilla de chorizos. Jan fue con Reyes y Pilar a ver a las gallinas y al jefe del corral, que cuando los vio se puso gallito. Pero Jan no se amilanó, él no era como la mayoría de niños de ciudad. Sus padres tenían una casa en un pueblo de Lleida y estaba acostumbrado a los animales del campo. El gallo trató de defender su territorio para que nadie se atreviera a discutírselo y se acercó a la alambrada levantando las alas y erizando las plumas del cuello. Jan cogió un palo y lo introdujo entre el enrejado y trató de darle con él. No lo alcanzó por poco, pero el animal comprendió el mensaje: ten cuidado conmigo.

El día se estaba aclarando, aunque a esas horas la bruma todavía cubría el bosque. Algunos recordaron con un estremecimiento la aparición de Morticia el día anterior. No había pasado aún 24 horas, pero la intensidad de los acontecimientos les hacía verlo como algo lejano. Ahora, por fin, podrían disfrutar de un agradable día en la montaña.

De pronto escucharon otro gran alarido, pero este procedía de la parte de arriba de la casa y no era de Jorge. Todos cogieron las cámaras. Estaban empezando a acostumbrarse a los gritos repentinos y eso podía suponer una nueva oportunidad de fotografiar a alguien en una situación comprometida. Parecía mentira lo pronto que podían pasar de estar literalmente sobrecogidos por el entorno a escuchar un grito y automáticamente pensar en una situación cómica. Si el grito de Jorge y el de ahora lo hubieran escuchado el día anterior, seguro que se hubieran horrorizado. Subieron corriendo las escaleras y se asomaron a la habitación de Jorge que todavía estaba tumbado esperando que se le rebajase el hinchazón. De paso aprovecharon para hacerle unas cuantas fotos más. No he sido yo, viene del baño. Será El Jefe, les dijo. Se acercaron a la puerta del lavabo que estaba cerrada y preguntaron qué pasaba. Nada, que se ha acabado el agua caliente, me cago en la hostia, escucharon que decía. El termo era eléctrico de 80 l. de capacidad y si se combinaba con agua fría podía durar un tiempo pero, entre que se habían duchado muchos y alguno había abusado del agua caliente, ya no dio más de sí. ¡Bah! para eso hemos corrido, dijo defraudado El Pitufo, pues esperaba hincharse a hacer fotos. Los demás le dieron la razón.