miércoles, 3 de julio de 2013

LOS CIEN HIJOS (Entrega V)



Los halcones Abudrar y Asafu, fueron los encargados del seguimiento. Tenían que conocer sus costumbres, saber dónde vivía, si tenía familia y amigos, cómo se desplazaba. No podían abordarlo sin más a plena luz del día. En la ciudad nueva tenían que ir con cuidado. Tenía todas las ventajas e inconvenientes de las ciudades europeas. En las callejuelas de la medina, a pesar de tener mil ojos y otros tantos oídos, nadie veía ni sabía nada, pero en las avenidas amplías estaban fuera de su medio, aquel no era su territorio de caza.
Cuando encontraron el cadáver del que fuera el arrogante Philips de Bressons con su hermoso rostro aplastado contra la tierra, hubo una investigación policial. Era un personaje público, miembro del prestigioso Lycée Francaise. La policía supo que aquella noche estuvo en casa de Ahuskay, pero el zorro simplemente se limitó a decir que fue una visita de cortesía para mostrar su condolencia por la muerte de sus familiares, lo que, por otra parte, le causó cierta extrañeza, pues era ciudadano francés, igual que los agresores. Casimiro Páez, el otro asistente, lo corroboró al pie de la letra. El comisario de la ciudad vieja ya no era europeo, sino marroquí, y recibía suculentas comisiones a cambio de no meter mucho la nariz en ciertos asuntos, y en aquel no fue una excepción a pesar de las tímidas presiones del cónsul francés. Después de indagar lo justo para cubrir el expediente, llegó a la conclusión de que Philips murió atropellado seguramente por un conductor borracho que se dio a la fuga. Hubieron varios testigos que aseguraron que el conductor era de cabello castaño y piel blanquecina. No era musulmán. Los franceses aceptaron con resignación la baja de uno de sus agentes, el juego era el juego. Combatir a los Cien Hijos en su terreno era imposible sin evitar  un goteo de bajas. Ya tenían un frente abierto en Argelia, no necesitaban una guerra de guerrilla urbana en la retaguardia, lo que, además, les podría significar una importante pérdida de información. Incluso les ordenaron a sus militares y aconsejaron a sus civiles, que evitasen la medina después del anochecer. Al cadáver de Philip de Bressons le podrían dar sepultura, pero ya habían desaparecido cuatro marineros, dos soldados y dos diplomáticos sin dejar el más mínimo rastro. La ciudad nueva era relativamente segura, pero la vieja era territorio enemigo. Cada nativo era un potencial aliado de los Ahmed. Los Cien Hijos no solo hacían negocios, lícitos o no, y no solo se dedicaban al contrabando. También eran los que ayudaban a los necesitados, los que pagaban la asistencia médica en los hospitales europeos, los que daban trabajo en sus múltiples negocios, los que seguían pagando a los estibadores aunque no pudieran trabajar, los que ayudaban a las viudas. Sin contar que, quién más quién menos, mantenía algún tipo de vínculo familiar. No, a los franceses no les convenía enredarse en una guerra de hampones barriobajeros. Habían saboreado el dulce sabor de la victoria. Temían que los Ahmed no acudieran a la cita la noche de la emboscada. Tuvieron que mover muy bien sus piezas para que no saliera de más bocas que las estrictamente necesarias y, sobre todo, no entrara en más oídos que los imprescindibles. La jugada les salió perfecta y lo celebraron con champán, pero el juego continuaba.
Los Cien Hijos, por su parte, sabían que atacar al enemigo en su terreno era peligroso. El cónsul francés no iba a quedarse cruzado de brazos si uno de los suyo desaparecía sin más en la ciudad nueva, presionaría a las autoridades para que investigaran a fondo. En las callejuelas serpenteantes y oscuras de la medina los Ahmed lo oían y veían todo, en las avenidas amplías e iluminadas estaban ciegos.  
   Marcel Perrin lo tenía todo muy a mano. Trabajaba en el Boulevar Pasteur, cerca de la plaza de Francia y, por lo tanto, del Consulado.
Perrin salió de la sede de la oficina de la Sociétè Inmobiliére, una de las pocas sociedades o empresas francesas que aún quedaban en la ciudad, a la misma hora de siempre. Como siempre, lo hizo solo. Era de complexión delgada y de poca estatura, más cerca de los cincuenta que de los cuarenta. Su apariencia era de una persona gris, de las que no resaltan, de las que pasan desapercibidas sin que nadie le preste atención. Vestía un traje gris, como él, y se cubría con un sombrero también gris. Su fino bigote y las lentes de pasta, le daban un aspecto vulgar, como el de cualquier ciudadano europeo que tenía un destino administrativo o burocrático. Antaño, en la época de máximo esplendor, se contaban por miles, pero cada vez quedaban menos. Andaba con la cabeza agachada, mirando al suelo. En su mano derecha agarraba una vieja cartera de cuero con las esquinas inferiores agujereadas. Se tomó su café en la cafetería Savoy y después, como siempre, aprovechó la pausa al cruzar el semáforo para encenderse un Gitanes. En los días que llevaban siguiéndolo, nunca cruzó una palabra con nadie, nunca saludó a nadie, ni nunca hizo nada diferente que no hubiera hecho el día anterior o fuera a hacer al día siguiente. Solía aparcar su vehículo, una reliquia de los años cuarenta, en la explanada de la plaza. Siempre, inexorablemente, después de trabajar y tomarse el café, regresaba a casa. Vivía en el antiguo barrio francés, muy concurrido cuando Tánger era internacional, pero menos desde que era marroquí. No tenía pareja, familia ni amigos. Su vivienda era una planta baja que daba a dos calles. Un lugar gris y solitario, ideal para que los zorros y leones entraran en acción.
Idus y Adeun, de pelo rizado y negro como el azabache, vestidos de empleados municipales de la limpieza, llevaban días barriendo la calle Lliberté y ya sabían qué casas estaban ocupadas y cuáles no; la rutina de los vecinos, sobre todo de noche; por dónde se podía entrar o salir de la casa sin ver visto; sus ángulos muertos. La calle de la entrada principal era ancha y bien iluminada, con edificios de tres plantas justo enfrente de la vivienda de Perrin, demasiados ojos ajenos. La parte trasera de la casa daba a una tranquila calle de plantas bajas, algunas desocupadas. Como vecinos no tenía a nadie a su derecha, y a su izquierda a una pareja de ancianos resistentes a los cambios.
Los Cien Hijos siempre habían evitado moverse fuera de la medina, no les hacía falta salir de ella para controlar sus negocios. Todos los comerciantes, tratantes, banqueros, intermediarios, acababan visitando la ciudad vieja. De los Tres Patriarcas sólo quedaba Izem, el León. Tanto él como sus hermanos Afalku, el Halcón y Abarey, el Zorro, siempre se opusieron a ir más allá de transportar cigarros, licor e inocentes artículos de consumo, pero ellos ya no decidían, lo hacía la Asamblea. En ella participaban los Patriarcas y los cinco miembros de más edad de cada familia. Al principio todos eran Primeros Hijos, y las voces de los Patriarcas eran las más respetadas, pero sólo quedaba el anciano Izem, y conforme los  puestos quedaban vacantes, empezaron a cubrirse con Segundos Hijos, jóvenes e impetuosos. Todo se decidía por decisión de la mayoría y cada voto valía lo mismo. La mayoría decidió que el contrabando de armas era un negocio muy lucrativo y que tenían poder suficiente para hacer frente a las posibles adversidades. Como pudieron comprobar, no fue una buena decisión. Se iban a retirar del juego, ni les gustaba ni les hacía falta, pero antes tenían que llevarse a algún peón por delante.
Lo que sabían los Cien Hijos era que los franceses había llegado a un acuerdo con Reijó: día y hora de la entrega a cambio de un billete para cualquier país del mundo. Si no cooperaba, tenían pruebas suficientes como para acusarlo de tráfico de armas a gran escala, y contra aquello no había leyes internacionales que lo cobijara. Aquella era la oferta amigable, tenían otros métodos más expeditivos y definitivos para acabar con su negocio.       
Los franceses llevaban meses controlando las andanzas de Reijó, y sabían que era uno de los más importantes intermediarios. Detenerle o acabar con él, disminuiría considerablemente el flujo de armas para la guerrilla argelina. Si acababan con el español acababan con el tráfico, los Cien Hijos simplemente eran los transportistas, pero quisieron darles una lección. Por mucho que fueran los dueños de una parte de la ciudad, necesitaban saber que no eran invulnerables. Les debían más de una.
Reijó tenía que huir, esconderse en el lugar más recóndito y con una identidad falsa. A nadie le constaba que hubieran acabado con él, aunque tampoco nadie lo descartaba. Era toda la información que pudieron recabar. Era el hilo que más sobresalía de la madeja. Era necesario participar en el juego político. Durante años trataron de mantenerse al margen de las intrigas palaciegas. Unos iban y otros venían: españoles, franceses, ingleses, americanos, alemanes, rusos, italianos, pero la ciudad permanecía. Una ciudad llena de agentes, dobles o sencillos, infiltrados, soplones, delatores, confidentes, espías venidos a menos, expatriados, apátridas, e intereses políticos y estratégicos. Una ciudad que era un zoco de información, donde todo se compraba, se vendía o simplemente se intercambiaba. Una ciudad en la que nada más tenías que sentarte y esperar a que te ofrecieran la mercancía. Y se la ofrecieron en bandeja. No Alfredo Reijó, pero sí alguien que, según el confidente que llamó por teléfono al halcón Asmun, había formado parte del complot. Asmun aseguraba que la persona que le llamó tenía un acentuado acento alemán. Viejas deudas de tiempos revueltos que nunca era demasiado tarde para cobrar.
Perrin aparcó el coche justo enfrente de la entrada de su vivienda. El sol ya se escondía tras el Atlántico y proyectaba grandes y estilizadas sombras que hacían que incluso el francés pareciera un gigante desproporcionado. Las bombillas eléctricas empezaban a suplir la falta de luz natural. Pero el hombre gris, al que cualquier cambio en su rutina le llamaba la atención, se dio cuenta de que la bombilla que alumbraba la entrada principal de su casa estaba rota o fundida.
Las sombras empezaban a surgir de la emergente penumbra.
 Tenues al principio, pero lentamente se iban tornando más densas y definidas.
Las sombras siempre son sombras, en los callejones de la medina o de la ciudad nueva, y siempre son las dueñas de la oscuridad.
Conforme avanzaba la noche disminuía la actividad en la calle. Era un barrio de asalariados y pequeños comerciantes, no una zona de ocio. Los transeúntes y vehículos circulando cada vez eran más escasos y las bombillas del interior de las viviendas se iban apagando poco a poco, la de Marcel Perrin también.
Fueron los leones Airam y Pelinor los que esperaron pacientemente a que la madrugara llegara a aquella hora en la que el silencio es sepulcral, cuando ya hacía mucho tiempo que las luces interiores dejaron de alumbrar. Se acercaron a la vivienda de Perrin por la puerta trasera. Ya tenían información de cómo y por dónde entrar, de cómo era el interior y la distribución de la vivienda, pues el zorro Afra ya había entrado y salido de ella sin que nadie notase lo más mínimo que lo había hecho.
Airam y Pelinor casi se arrastraban pegados a las paredes de las casas. La oscuridad era total. La luces de las farolas no podían traspasar la frondosidad de los árboles plantados en los jardines traseros y los leones sabían moverse en la negrura. Cuando llegaron a la vivienda de Perrin, se detuvieron para percibir alguna señal hostil. No la había, todo era silencio y quietud. Sólo los grillos rompían levemente la tranquilidad. La parte trasera tenía una puerta de madera maciza que daba al jardín. A su lado sólo había una ventana, la de la cocina, y por allí se introdujeron los leones. Era de guillotina, y les costó muy poco forzar la parte inferior. En aquel barrio la delincuencia era inexistente, por lo que los vecinos no tomaban demasiadas precauciones, aunque alguien como Perrin no era un vecino cualquiera.
Los leones son felinos depredadores de movimientos ágiles y buena vista en la oscuridad. Ni un ruido, ni un roce, ni el más leve movimiento fuera de lugar. Pero Perrin no era un vecino cualquiera, ni una presa fácil.
Cuando Airam y Pelinor entraron en el dormitorio, el francés ya estaba despierto y le dio tiempo a esgrimir un machete que guardaba en el cajón de su mesita. Por la manera en que lo blandió, tenía que ser un experto. Y por la manera cómo se abalanzó sobre los leones tenía que ser un buen luchador.
Los dos Ahmed entraron dispuestos a sorprender al francés durmiendo, pero los sorprendidos fueron ellos cuando vieron a Perrin atacar al primero que traspasó la puerta. Fue Pelinor el que recibió el inesperado ataque y el que vio como la hoja del machete se dirigía directa a su corazón, pero ladeó el cuerpo ágilmente en el último instante. El movimiento no evito que el francés lo hiriese, además de hacerle perder el equilibrio. Perrin trató de huir atacando a Airam, que le cerraba el paso. Pillar desprevenido a un león no es fácil, pillar a dos es imposible. Airam le golpeó antes de que pudiera lanzar el ataque. El golpe derribó al francés y le hizo soltar el arma. Una pistola o un revolver le hubiera sido de más ayuda, pero siempre confió en sus dotes de esgrimista con un arma blanca, lo que los Ahmed agradecieron. Perrin trató de coger de nuevo el machete, pero una patada en la cabeza le hizo desistir, y perder el conocimiento.
Pelinor sangraba por el hombro, la herida no era profunda, pero rápidamente abrió un cajón del armario y con una pequeña toalla de mano trató de contener la sangre para evitar que gotease y dejara rastro. Se extrañaron de la reacción del francés. A pesar de su verdadera profesión, nada indicaba que fuera un guerrero. Toda la información previa que tenían de él señalaba que formaba parte del cerebro, no del músculo del servicio secreto francés. Aquel juego desconcertaba a los Cien Hijos.        
      Sacaron el cuerpo inconsciente de Perrin por la puerta trasera y la volvieron a cerrar. Antes se encargaron de borrar cualquier signo de lucha o que indicara que alguien había entrado en la casa. La dejaron tal y como estaba cuando entraron.
Minutos antes, el zorro Asafar había forzado la cerradura del viejo vehículo del francés, lo puso en marcha, dobló la primera esquina y esperó a que Airam y Pelinor sacaran al hombre gris, que no lo era tanto. A la mañana siguiente nadie sabría decir si vio o no a Perrin montarse en su coche y dirigirse a su trabajo.
Se dirigieron a la ciudad vieja, a la medina, donde Omar Ahmed esperaba impacientemente a Marcel Perrin.
 Los Cien Hijos aceptaron que el león Omar, y su sombra, se encargara del asunto. Apenas habían comenzado la partida y querían dar el jaque definitivo. El juego político no les gustaba.

sábado, 29 de junio de 2013

LOS CIEN HIJOS (Entrega IV)



Para aquella entrega se necesitaban faluchos de velas silenciosas.
Los Primeros Hijos no solían hacer de recaderos, pero la misión era arriesgada y nunca mandaban a los Segundos Hijos, a sus hijos, solos al peligro. Tampoco contrataban a gente ajena a la familia para según qué cosas. Los asuntos de los Cien Hijos eran planificados y ejecutados por los Cien Hijos.
También se necesitaban patrones con experiencia, que conocieran la costa y las aguas como la palma de sus manos. Que supieran guiarse en la oscuridad usando solamente rudimentarios elementos de navegación, y que supieran capitanear con presteza una barca arrastrada solo por la fuerza del viento. No había mejores patrones a vela que Omar y su gemelo Magek. "Omag", como los llamaban a menudo uniendo sus dos nombres. Porque eran dos, pero parecían uno. Ni ellos se reconocían cuando se miraban en un espejo.
"Omag" eran los clásicos gemelos que se divertían cambiándose la identidad cuando eran niños y que se enamoraban de la misma mujer cuando eran adolescentes. De adultos, los dos tenían la misma carencia de escrúpulos. Eran hijos de Izem, puros leones: altos, de anchas espaldas y fuertes brazos. Vestían al estilo occidental, siempre de negro. Cuando recorrían los oscuros callejones parecían dos sombras, o tal vez que uno de ellos era la sombra del otro.
Cuando “Omag” se encargaba de algún asunto significaba que la cosa iba muy en serio. Ellos fueron los asignados por la Asamblea para concretar los términos del acuerdo comercial con los cuatro sicilianos. En el momento de la reunión, a los italianos, que llegaron en un lujoso yate y apenas llevaban en la ciudad dos días, no se les ocurrió otra cosa que presentar sus credenciales depositando sobre la mesa de negociación sus armas. Los cuatro eran delgados, de mirada turbia, de hundidos pómulos, patibularios y de tez morena, pero sus almas eran más negras todavía. En Sicilia estaban acostumbrados a cerrar negocios usando el potencial intimidatorio de su músculo, pero no estaban en Sicilia. A la mañana siguiente, sus cuatro cabezas adornaban el mástil del lujoso yate en el que habían llegado. La advertencia funcionó, por eso el capo americano entendió que era mejor avenirse a las condiciones antes que liarse a  tiros con las sombras en callejones oscuros. En unas callejuelas con mil ojos, todos enemigos, y rodeados de nativos sin rostro enfundados en túnicas y chilabas. El pastel era grande, había para todos.  
Los gemelos fueron los encargados de capitanear los faluchos emboscados por los franceses. Con Omar iban su hijo Akensus, su primogénito. A sus veintitrés años ya era un marinero experto, llevaba desde los ocho navegando con su padre y estaba listo para ser patrón, para tener su propio barco. Un Hijo necesitaba ganarse un barco, y Akensus estaba a punto de conseguirlo. Omar lo dejaba patronear y pronto demostró sus dotes. Sabía mantener el rumbo guiándose solamente con las estrellas, negociaba las olas con maestría, daba órdenes con templanza, conocía todas las corrientes del Estrecho. Y rechazaba ataques piratas como nadie. Los otros marineros eran Amalu, hijo de su primo Saden; Usaden, hijo de su prima Tlate; y Buna, hijo de su hermana Tinwurgh. Con Magek iban su hijo Tinerfe; Amenzu, hijo de Tiwul; Intidet, hijo de Amanar; y Ikken, hijo de Tlafulki. Murieron cinco leones, dos halcones y dos zorros.     
Omar logró deshacerse de su pesada ropa mientras se hundía, se aferró a un tablón a la deriva, y a pesar de las quemaduras que sufrió en la mitad de su cuerpo y de no poder quitarse de la cabeza la imagen atroz de su hijo despedazado por el proyectil, logró mantenerse lo suficientemente lúcido y consciente como para poder mantenerse a flote. Las patrulleras francesas hicieron varias pasadas en busca de algún posible superviviente, pero sus focos no supieron alumbrar el tablón al que se agarraba. No podía luchar contra el oleaje, pero sabía que la corriente de marea lo arrastraría hacia el Mediterráneo, no al revés. De ser así, se podía dar por perdido para siempre. Cuando amaneciera esperaba que la bruma le permitiera divisar la costa a ambos lados y saber hacía dónde dirigirse. Si no lo encontraban antes los Cien Hijos, que siempre desplegaban algunos de sus barcos pesqueros como apoyo por si algo salía mal. En cuanto comprobaron que los dos faluchos de los gemelos no llegaron a puerto a la hora acordada, se inició la búsqueda. Sabían el lugar de encuentro. No tenían ninguna esperanza de encontrar a algún superviviente en alta mar, pero su hermano Azellay dio con él trece horas después por el simple procedimiento de seguir la dirección de la corriente. Cuando vieron a alguien aferrado a un trozo de madera, sabían que era uno de los suyos, pero no quién. Apoyaba la cara al tablón por el lado izquierdo, el que no tenía quemado, y sólo le veían el lado derecho, totalmente desfigurado. Solo cuando lo izaron a bordo lo reconocieron. Las quemaduras no eran profundas, pero sí lo suficientemente importantes como para que le desfigurara completamente medio rostro.  Omar estaba exhausto por intentar luchar contra el mar que empecinadamente lo arrastraba hacia la costa española. Tuvieron que subirlo a bordo agarrado aún al tablón. Estaba tan fuertemente sujeto a él que no pudieron deshacer el abrazo hasta que unos tragos de agua lograron que recobrara un poco de lucidez.             
“Omag” se disolvió aquella negra y aciaga noche, una de sus dos partes acabó en el fondo del mar. Omar regresó solo, pero Magek era la sombra que siempre lo acompañaba. Desde el mismo momento en que el león entró en la ciudad, en su mente sólo había instalada una idea: encontrar al responsable de la muerte de su hijo, de su hermano y de ocho de sus sobrinos. Además, le prometió a su padre, al anciano Izem, el León, que pondría la cabeza de Reijó a sus pies.
Omar se convirtió en la persona más peligrosa de Tánger.        
Pero los dos marineros franceses que acababan de salir de un antro con pasos vacilantes, todavía no lo sabían.
Cada uno agarraba con una mano una botella de güisqui barato medio vacía, y con la otra la cintura de una mujer. Cuando entraron al local, aún con las luces del atardecer tiñéndolo todo de rojo, y a pesar de tener la mente embotada por el alcohol, sabían más o menos dónde estaban, cerca del puerto, sin duda, pero cuando salieron ya no estaban tan seguros. El licor en la sangre y el calentón en sus pollas, no les hizo ser muy consciente de hacía dónde los llevaban.
Eran prostitutas, pero ellos, con todo su ardor juvenil, no cayeron en el detalle. No había nada en su aspecto y modales que lo indicara, y en ningún momento les hablaron de dinero, simplemente el alcohol les hizo creer que sus irresistibles encantos masculinos les iban ayudar a cobrarse dos jugosas piezas. Por fin podían empezar a decir aquello de “una novia en cada puerto”.
Las dos mujeres reían y besaban a los marineros. Eran bellas, de tez morena, suaves y gruesos labios, y frondosa cabellera negra. De grandes y hermosos ojos también negros. De cuerpos exuberantes. Demasiada suerte para dos simples marineros. Se dejaban tocar las tetas y el culo, y ellas agarraban con sus manos las partes sexuales de los muchachos. Dos jóvenes casi imberbes y todavía con rastro de acné viviendo la aventura de su vida. La aventura más apasionante que iban a vivir nunca. Habían abandonado su patria seis meses atrás despedidos con lágrimas maternas y muchas promesas a novias con el corazón roto, pero ellos de quién menos se acordaban en aquellos momentos era de sus madres y de las promesas emitidas en vano. Sólo tenían pensamiento en sus órganos viriles. Potentes y deseosos de guerra.
Entre risas, carantoñas y tragos a las botellas, sin darse cuenta, se introdujeron en un intrincado e interminable laberinto de callejuelas. Si hubieran estado sobrios, habrían percibido como el silencio solo era roto por los postigos de puertas y ventanas que se cerraban tras ellos. Enrevesadas y estrechas callejuelas que subían y bajaban, que giraban a izquierda y derecha o viceversa. Callejones estrechos y serpenteantes. Recovecos formados por casas apiñadas sin ningún orden. Sinuosos pasadizo que conducían a todos los sitios o a ninguno. 
Acabaron en el callejón más solitario y oscuro de la ciudad de los callejones solitarios y oscuros.
Ellas chapurreaban el francés lo suficiente como para entenderse en lo básico, pero lo que más repetían era “mon amour” y “donnez-moi un baiser”.  Ellos reían y bromeaban. Uno arrojó con rabia la botella al suelo, que estalló hecha añicos, al comprobar que había apurado la última gota. Las mujeres se detuvieron de repente y empujaron a los dos salidos marineros hacia la pared. Una se abalanzó sobre su víctima y empezó a besarle compulsivamente y a restregar sus voluptuosos senos contra el pecho y la cara del muchacho, que se estaba quedando sin respiración, pero no le importaba.
La otra se colocó contra la pared y atrajo hacía sí a su acompañante. Se abrió de piernas, agarró con fuerza el culo del joven y lo empujó hacia su entrepierna. Notó la polla que buscaba ávida ser restregada contra su coño. Ella la satisfizo y se subió el vestido, liberó el miembro de la opresión de los pantalones y se lo introdujo en su nada húmeda vagina. El marinero estaba desbocado y le empujaba con fuerza contra la pared. Con cada embestida golpeaba con su cabeza la de ella, que a la vez chocaba contra el adobe. La irregularidad de la superficie hacía que la espalda se arañase y el vestido se resquebrajase. Menos mal que el servicio estaba muy bien pagado. Cien dólares por pieza.
El otro joven y jadeante marinero, no paraba de emitir hondos gemidos cada vez que la puta succionaba su pene con fuerza. Qué placer, qué satisfacción. Qué gran historia para contar y lo importante que se iba a sentir cuando en Auzon, su pequeñito pueblo, narrase sus aventuras marinas. Nunca había pasado de besos inocentes y caricias a escondidas. Como mucho, había acariciado los pechos de su novia. Cogía con fuerza la cabeza de la mujer y la empujaba hasta casi hacerla atragantarse. Notaba la polla tiesa dentro de la boca de ella, como su lengua le lamía el glande. Estaba en éxtasis, como lo estuvo cuando su certero disparo hizo volar uno de los faluchos contrabandistas. Él estaba convencido de que todo se debió a un simple capricho del oleaje, al vaivén de las olas que hizo que la barca se pusiera justo en medio de la trayectoria del obús, pero no lo iba a decir, claro. Todos le felicitaron. Sí, su etapa de servicio militar estaba siendo de los más apasionante. En cuanto pudiera se iba a tatuar en el brazo el nombre del barco en el que servía: HMS Aconite.
Mientras, a apenas unos metros más allá, su compañero, el marinero de primera Claude Bertrand, estaba dando buena cuenta de lo que él creía su conquista. La mujer, a pesar de la brusquedad del ataque, apenas emitía un gemido. Si estaba gozando tenía una manera muy poco apasionada de demostrarlo, pero a Claude le importaba poco, tampoco había caído en el detalle. Él solo estaba pendiente de meter y sacar su polla en el coño de la mujer. También de su teta derecha, que se había desparramado fuera del sujetador cuando él le bajó la tira del hombro. Se echaba para atrás lo suficiente como para poder ver el espectáculo del seno danzando al compás de los envites. Estaba excitadísimo y borracho, no era consciente de nada más. Sólo pensaba en follar. En que no se estaba haciendo una paja en el retrete rodeado de veinte marineros que esperaban que acabase para hacer lo mismo. No estaba mirando una revista, no se estaba imaginando que estaba con su novia en un solitario banco de la Rúe Chatillon. Estaba follando de verdad, a una mujer de bandera, más alta que él, voluptuosa, de grandes pechos, gran culo y grandes piernas, en un rincón oscuro de un callejón perdido en una ciudad norteafricana. En un callejón en el que ni los gatos se atrevían a entrar porque estaba vigilado por halcones, controlado por zorros y defendido por leones, pero ellos eso tampoco lo sabían. En un callejón en el que follar no salía gratis. En un callejón cuyos dueños eran las sombras.
Y una de ellas fue lo que surgió de la penumbra.
No destacaba por tener un contorno más claro que la oscuridad, sino precisamente porque aún era más oscura.
Una sombra no hace ruido, se desliza suavemente.
Una sombra necesita algo que la proyecte para hacerse forma.
Las dos mujeres, que sí estaban pendientes de las sombras, percibieron la presencia. Dejaron a sus amantes con los pantalones bajados y las pollas tiesas y rápidamente se escabulleron en la penumbra, dos segundos tardaron los atónitos franceses en perderlas de vista. No entendían nada.
Tampoco sabían qué era lo que tenían delante de ellos. Era alguien, porque por los vahos que surgían de sus fosas nasales, sabían que respiraba. El que estaba más cerca de la siniestra figura, trató de decir algo, pero la primera sílaba se le congeló antes de ser acabada cuando notó un frío y penetrante acero en sus entrañas. Un acero que se retorcía y le estaba destrozando por dentro. Trató de agarrar la afilada hoja, pero lo único que consiguió fue desgarrarse las manos. No podía emitir ni un gemido. Tener una gumia rotando dentro del estómago no era lo mismo que tener la polla dentro de un coño. Mientas moría, bajo un sombrero de ala ancha, pudo distinguir la cara de quien lo estaba matando. Sólo veía su lado derecho. Estaba viendo el rostro de la muerte.
El otro joven, aún con el pantalón bajado, el pene ya flácido y la boca abierta, tardó en reaccionar. Estaba borracho, desconcertado, y la oscuridad le impedía saber realmente qué estaba pasando. Cuando vio a su compañero desplomarse intentando agarrarse las vísceras y a la sombra acercarse a él con una sangrante hoja de acero en la mano, que en la penumbra emitía amenazadores destellos, trató de subirse el pantalón y echar a correr. Pero cuando no se ve nada, cuando se está ciego, una sombra siempre es más rápida. Tropezó y trató de levantarse cuando notó un peso sobre su espalda que lo aplastaba contra el suelo. También notó como una mano lo agarró por la barbilla y le hizo levantar la cabeza lo justo para que debajo de su cuello notara el gélido y letal tacto de la gumia. El acero se deslizaba lentamente, abriéndole un suave tajo conforme el filo se desplazaba, pero que se convertía en profundo cuando le tocaba el turno al final de la hoja curva. Sentía como le manaba la sangre y se le ahogaba el grito que quería emitir. Su garganta se convirtió en un incontenible surtidor de rojo y viscoso líquido que estaba formando un pequeño reguero en el suelo. La sombra se levantó, y ya no estaba, desapareció.
El marinero que tenía muchas cosas que contar, nunca sería recibido en Auzon por las lágrimas maternas, ni nunca se podría tatuar en su brazo el nombre del buque en el que había servido.
El león no podía borrar muchas cosas de su cabeza, como la imagen de su hijo destrozado. Tampoco las letras que vio en la quilla de la mole gris que surgió de entre la bruma y la lluvia. Aquellas letras formaban el nombre: HMS Aconite.


viernes, 14 de junio de 2013

LOS CIEN HIJOS (Entrega III)





El sol se resistía a acabar el día, y la bruma ya se filtraba por los callejones de la medina. Avanzaba lentamente, escrutando cada recoveco, cada esquina, cada callejón antes de aposentarse. La noche se estaba adueñando de la ciudad. Le estaba quitando el color vivo e intenso que irradiaba cuando era iluminada por la luz mediterránea de la mañana y atlántica del atardecer.
Las luces artificiales de miles de bombillas suplían la falta de luz natural en una zona de la ciudad, en la de los bulevares, en los barrios modernos, en las terrazas de los hoteles, en las zonas residenciales, pero en Tánger no todo era luz. También había sombras. Las que eran estáticas y las que cobraban vida, las peligrosas.
 En alguna lujosa mansión del Marchán, algún millonario excéntrico o actor famoso, estaría celebrando una fiesta sin motivo alguno, simplemente porque le apetecía. Un grupo de europeos y americanos aburridos de su monotonía patria, bebería güisqui escocés, y fumaría kifi como si fuera lo más aventurero que habían hecho en su vida. Hablarían de cosas banales con grandes aspavientos de sus bronceados cuerpos y sus finas manos. Disfrutarían de vistas a toda la ciudad y el mar. No cerrarían ningún negocio, ni llegarían a ningún acuerdo, tampoco se acordarían de nada al día siguiente, en el que celebrarían otra fiesta en la lujosa mansión de otro millonario excéntrico o actor famoso.
Pero en casa de Ahuskay, hijo de Abarey, situada en lo más alto de la Casbah, dominando la ciudad al sur, el puerto al este y el Estrecho al norte, se bebía té, se fumaba kifi con la solemnidad requerida, se hablaba de cosas importantes sin mover un solo músculo. En una habitación sin ventanas, ajenos a la vista de todos. Se cerraban negocios, se llegaba a acuerdos y lo que allí se decía se recordaba toda la vida, por la cuenta que traía.
 Ahuskay simplemente era un humilde tejedor que apenas se ganaba la vida con los hilos y las agujas, pero era un zorro de pelo negro como el azabache.
Los dos hombres que habían entrado en su casa eran europeos. Se les ofreció té, pero no kifi. También se les ofreció un asiento para que estuvieran cómodos, pero aún así uno de ellos estaba bastante tenso, no así el otro. Uno, vestía un traje cortado a medida; el otro, un pantalón con los bajos deshilachados y una americana sucia elegida de entre un montón de ropa amontonada en cualquier puesto del zoco. Uno olía a perfume caro; el otro, a vino, orín y sudor rancio. Uno parecía educado y tenía ademanes elegantes. El otro era grosero y de movimientos bastos. Los tres hombres se comunicaban en español. Uno de los invitados lo hablaba lentamente y con un pronunciado acento francés. El otro lo hacía fluidamente, pero costaba entenderle algunas frases. Su marcado acento gallego a veces era incomprensible para Ahuskay, que hablaba cuatro idiomas, entre ellos un español perfecto, sin apenas acento árabe. Uno de los dos hombres se llamaba Philip de Bressons. El otro, Casimiro Páez.
 Estaban los tres solos, el león Omar también quería estar presente, pero su primo Ahuskay lo convenció de que aquella reunión era para un zorro. Estaban en la Casbah, en un recinto amurallado dentro de otro recinto amurallado, donde todas las puertas de acceso y salida estaban controladas por los Cien Hijos. Nadie entraba o salía de la medina sin que ellos lo supieran. Entraba todo el que quisiera, pero no todos los que entraban salían. Aquello ya de por sí era un pensamiento muy perturbador para los dos europeos, sólo les hubiera faltado la presencia de Caraquemada. Ahuskay les había dado garantías de que entrarían y saldrían sin ningún problema, y la palabra de un Primer Hijo se convertía en sentencia suprema en cuanto era emitida. Ahuskay era un Primer Hijo, también lo era Omar, como seis de sus hermanos y diez de sus primos. Eran los hijos de los Tres Patriarcas. Los Primeros Hijos, que fueron disminuyendo en número conforme las enfermedades o malos encuentros se los llevaron con el Profeta. Sus cuatro hermanas y nueve primas también eran Primeras Hijas, pero sus funciones se ceñían exclusivamente a cohesionar el ámbito doméstico. Ellos controlaban y mantenían un férreo control en la ciudad vieja y en el puerto, pero ellas los controlaban a ellos.
Ahuskay, mientras servía té a sus invitados, los observaba detenidamente. Primero a uno, luego, al otro. Uno era miembro de la Junta del Lycée, pero antes de la anexión había sido uno de los encargados de los asuntos de seguridad ciudadana de la Comisión Internacional que administraba la ciudad. El otro era un comerciante español que se resistía a reconocer que sus días de gloria habían acabado y se sentía pegado literalmente a la ciudad, pero antes había sido un fiel falangista que había trabajado con Reijó. Primero en el servicio de seguridad de la Falange, después como socio de negocios esporádicos.
Los dos, de una manera u otra, les podían dar información sobre Alfredo Reijó.
Uno accedió con galantería a lo que eufemísticamente se podía considerar una invitación cuando lo encontraron en la terraza del Café París en el Boulevard Pasteur. Se limitó a apurar el trago de güisqui y limpiarse la boca dándose suaves golpecitos con una servilleta de papel. Le pidió a su hermoso acompañante que lo disculpara, y que lo esperase en la habitación ciento uno del Hotel Minzah, no tardaría mucho. Al otro tuvieron que insistirle un poco. Al principio era reacio, pero cuando los leones Afalkay y Azayku posaron la mano en la empuñadura de las gumias, se convenció enseguida de que tenía que hacerle una visita al pariente de los mensajeros.
La despreocupación de uno y la reticencia del otro, sin duda se debían a que Philip de Bressons era un personaje público con inmunidad casi diplomática, y se sabía seguro. A Casimiro Páez lo encontraron en un tugurio del puerto, medio borracho. Con manchas de licor en la americana y de orines en los pantalones. Malgastando su maltrecho capital en putas viejas y raquíticas.
El francés se bebió el té en pequeños sorbitos, el español apenas lo probó por no hacerle un feo al anfitrión. En realidad odiaba aquel brebaje asqueroso. Nunca, en los veintidós años que llevaba en la ciudad, había sido capaz de beberse una taza entera, aunque a veces le iba poco menos que la vida en ello.
Ahuskay no quería perder el tiempo, los dos extranjeros sabían a lo que habían ido y no les gustaba su presencia. El uno, por petulante, el otro, por guarro. Cuanto antes acabaran mejor. Les preguntó directamente sobre todo lo que sabían de Alfredo Reijó. Los Cien Hijos ya sabían muchas cosas de su antiguo socio. Nunca se metían en negocios de aquel calibre sin estar muy seguros y saberlo todo de sus asociados. Sabían muchas cosas de su pasado, pero lo que les interesaba era su presente. ¿Dónde estaba o podía estar? Sabía que uno de ellos, en el caso de que lo supiera, lo diría al instante. El otro, si lo sabía, no lo iba a decir en una conversación con una taza de té de por medio, siendo el huésped.
El español se mostró solícito, con su lenguaje brusco le contó al zorro sus peripecias junto a Reijó cuando veinte años atrás los dos eran jóvenes falangistas que se hacían pasar por comerciantes, pero cuya verdadera misión era controlar a los republicanos españoles refugiados bajo el amparo de la Ciudad Internacional. Aquello ya lo sabían los Cien Hijos. Contó que algunas veces había hecho negocios a medias con Reijó para abastecer a los comerciantes canarios. También lo sabían los Cien Hijos, y media ciudad. Contó que la última vez que lo vio fue cuando, apenas seis días atrás, se lo encontró de casualidad en el Zoco Chico y se tomaron una par de cervezas para recordar viejos tiempos. Por supuesto, los Cien Hijos lo sabían, por eso el desaliñado estaba en la sala sin ventana acogido por la hospitalidad de Ahuskay. Pero lo que no sabían era de qué habían hablado los dos compatriotas. De política, de vino, del fin del sueño de Tánger, de mujeres, de toros, de fútbol, pero nada del futuro inmediato. Reijó no dijo ni una palabra de lo que tenía pensado hacer ni siquiera el día siguiente, menos, si tenía algún plan en ciernes en la ciudad o lejos de ella. Como ya se imaginaban los Ahmed, no le iba a contar a un viejo borracho, mientras tomaba una cerveza en la terraza de un bar, que tenía pensado traicionar a los Cien Hijos. Pero Ahuskay quería oírselo decir delante del francés, que no podía evitar emitir suaves bostezo mientras escuchaba el monólogo del español, como si todo aquello le aburriera enormemente. Casimiro, de vez en cuando miraba al apolíneo Philip de Bressons de reojo. Las gotas de sudor que resbalaban por su calva, por su grasienta papada, por el pecho. Las manos que apenas podían posarse serenas en sus rodillas. Los grueso labios, que temblaban compulsivamente, también era lenguaje, no del hablado, pero que decía muchas cosas. Casimiro tenía miedo, de lo que decía y de lo que no decía.
Los Ahmed estaban entrevistando a todos los que, de una manera u otra, tenían o habían tenido alguna relación con Reijó. El seboso español era uno más de muchos. A algunos se les daba cierta inmunidad, a otros, ninguna. Aunque aquello también dependía de cuál de los Cien Hijos se encargaba de recabar la información. Los leones fueron los que más perdieron en la emboscada francesa. Omar perdió a su hermano gemelo y a uno de sus hijos, además de media cara. La Asamblea de los Primeros había tenido que pedirle a Omar que dejara la labor de búsqueda a los zorros o a los halcones. Ninguno de sus entrevistados acababa con vida. Pero Omar ya no era Omar, era su sombra.
  Los Cien Hijos tenían que ir atando cabos para tener, al menos, uno para desenredar la madeja. Para lo cual había que tener paciencia, pero Omar quemaba los cabos.
Philip de Bressons, esperó impaciente, pero educadamente, a que el español acabara de hablar. Intentó mostrar su desolación por la muerte de los Ahmed, pero según parecía, no acababa de entender qué hacía en aquella casa, pues él apenas conocía a Reijó. Sentía mucho lo que pasó, pero su país y sus compatriotas estaban siendo agredidos por los terroristas argelinos. Él no formaba parte del juego, no tenía ninguna función política ni diplomática, sólo cultural, por lo que no se explicaba la invitación para tomar té en casa de Ahuskay, aunque estaba encantado, por supuesto. Aunque aquello no era motivo para que no supiera ciertas cosas, entre ellas que los Cien Hijos proveían de armas a los argelinos. El juego era el juego, tanto el comercial, legal o ilegal, como el político, y lo Ahmed estaban jugando fuerte. Aquella guerra silenciosa tenía sus consecuencias. Ya no se trataba de transportar cajetillas de tabaco, sino armas que servían para matar a ciudadanos franceses. Su país estaba siendo agredido y tenía que defenderse.
Philip hablaba muy pausadamente, con mucha tranquilidad, y a veces más en francés que en español, lo que no era un problema para Ahuskay, pero sí para el sudoroso Casimiro. Philip se mostró arrogante y petulante al principio. Se mostró arrogante y engreído durante la conversación; y luego, cuando se despidió, se mostró arrogante y orgulloso.
Marruecos todavía no había metido completamente las zarpas en su nueva y flamante provincia, y los Cien Hijos tenían que adaptarse rápidamente a los nuevos tiempos. Todos decían que las cosas iban a cambiar mucho cuando Mohamed V, que de Sultán había pasado a Rey, acabara por hacerse totalmente con el control de la ciudad. Ya había pasado la mejor época, la efervescencia tangerina se estaba apagando como el champán que pierde poco a poco sus burbujas. Las sociedades mercantiles y entidades financieras, casi huían de la ciudad, el contrabando de mercancías estaba desapareciendo, pero los Cien Hijos lo tenían todo controlado.
El francés arrogante también creía que lo tenía todo controlado.
En la Ciudad Internacional había sido el representante francés en la Comisión Internacional de Seguridad Ciudadana. Aquella comisión tenía que velar por la seguridad en la ciudad, y en la zona moderna lo conseguía, pero en la ciudad de los recovecos y las sombras no hacían ninguna falta, no había lugar más seguro en Tánger… durante el día. A los miembros de la Comisión Internacional de Seguridad Ciudadana, se les encargó la coordinación de la policía, pero también que se vigilasen entre ellos. En realidad aquella era su verdadera misión. Los franceses e ingleses se espiaban mutuamente, y después de las reuniones se iban de copas a los bulevares. Los españoles procuraban no molestar mucho. Era el juego en el que los Ahmed no participaban, pero no quería decir que no conocieran a los jugadores. El arrogante francés actualmente tenía un puesto en la Junta del Lycée Français, y era un personaje muy conocido en la ciudad. En la que se movía de día y en la que se estremecía de noche. También se dedicaba al juego político y los Cien Hijos lo sabían, como sabían que los franceses habían ayudado a Reijó a huir. Les hizo un favor, que le devolvieron con otro. Philip de Bressons era una de las personas que podía saber algo. Era otro hilo de la madeja.
El zorro tenía sentado en sus cojines a alguien a quién le había ofrecido té, a alguien a quien le había ofrecido hospitalidad, por lo tanto inmunidad, pero que era francés. A alguien que servía a la misma bandera que ondeaba en los buques de guerra que hundieron sus faluchos y mataron a nueve de los suyos, y muy posiblemente había formado parte de la operación. Eran tres embarcaciones de guerra contra dos frágiles naves de madera de apenas dieciocho metros de eslora. Llevaban armas en las bodegas, pero ninguna dispuesta a ser utilizada si eran sorprendidos. Sabían que no tendrían opción y que era mejor levantar los brazos desarmados antes que sujetando un inútil fusil. Ser interceptados, e incluso detenidos, formaba parte del juego, pero los buques franceses habían elevado la apuesta, ni siquiera les advirtieron. Surgieron de la nada y hundieron a cañonazos las lanchas contrabandistas, con todos sus tripulantes a bordo. Sólo regresó la sombra de Omar. Los franceses querían una lección ejemplar. Los Cien Hijos también.
En aquellos momentos al zorro le habría gustado convertirse en león.
El francés arrogante se mostraba arrogante a pesar, y a causa, de que sabía que a los Cien Hijos no se les engañaba. Por mucho que intentara usar el disfraz de ciudadano francés de buenos modales y con un inocente puesto de miembro de la junta de una entidad cultural, era consciente de que en una sociedad tan pequeña y cerrada, los secretos circulaban a voces.
El zorro quería sacar las garras, pero no podía. Por supuesto que Ahuskay, igual que sabía que al español se le entendería todo, incluso lo que no decía, también sabía que al francés sería difícil pillarle en un renuncio. Era un buen jugador. Si alguno de los Ahmed tenía la más mínima esperanza de que Philip de Bressons iba a tener un resquicio de fragilidad por donde empezar a resquebrajar el muro, se había equivocado totalmente. El zorro sólo quería tantearlo, hablar personalmente con él, mirarle a los ojos mientras lo hacia y estudiar sus puntos débiles. Ya había descubierto uno y lo iba a utilizar. Philip de Bressons era casi intocable por su condición social y pública, pero aquella no iba a ser la última entrevista con él, y en las siguientes no habría tazas de té por el medio. 
 Lo último que dijo el petulante francés antes de abandonar la casa de Ahuskay fue: “nunca encontraran a Reijó, al menos, vivo”. El zorro no entendió porqué lo dijo. Durante toda la entrevista quiso dejar claro que no se dedicaba a aquellos asuntos, que no sabía muy bien quién era Reijó, ni mucho menos sabía nada de la emboscada. Quizás fue un inevitable impulso de soberbia.      
En realidad fue lo último que dijo el arrogante Philip de Bressons en su vida. Nada más cruzar la muralla por la Bab Casbah, dos tipos embozados en las capuchas encendieron un fanal. Un coche desbocado y sin luces, surgido de la oscuridad y conducido por una sombra, pasó por encima del flamante traje del francés varias veces, y él estaba dentro.
 Para desenredar la madeja se necesitaba paciencia, era algo que sabía un tejedor como Ahuskay, pero Omar no era tejedor. Era un león
Era una sombra más negra que el pelo negro azabache de los zorros.